lunes, 29 de septiembre de 2014
Espionaje fantasma
Mi cocina es un pequeño cuadrado rodeado de mueblecitos, heladera y mesada con su alacena correspondiente. Tiene azulejos blancos que llegan hasta el techo, pero éste no es tan alto como el resto de la casa.
Hace un tiempo, no puedo precisar bien cuánto, tres azulejos de un lado de la pared se levantaron misteriosamente. Como un fenómeno físico complejo, una presión salió de algún lado y se condensó en esos pequeños cuadrados de mosaico de ocho por ocho.
Fue un movimiento silencioso y fugaz, pero concreto. Como la flor que abre en las primeras horas de la mañana, los azulejos también se abrieron, aunque no podría precisar bien el momento.
Otra vez. Tienen la astucia necesaria para asomarse en los lugares más impensados, pero a mí no, no señor. Los he descubierto en otras oportunidades y siempre vuelven.
Es difícil confesarlo, pero deben saber que detrás de este simple detalle casero estoy siendo observada.
De una manera muy tecnológica se envían cables bajo tierra con una cámara en su inicio para ubicarse subrepticiamente en la cocina -como es mi caso hoy- bajo un seudo diagnóstico de humedad del cemento.
El comportamiento de estos cables con cabeza de cámara es igual al de las serpientes ciegas, que van abriendo un camino subterráneo hasta llegar a su objetivo. Una especie de submarino interpropietario que tiene su base muy pero muy abajo en la tierra y cuyas ramas-cables florecen penetrando en cada casa, cada intimidad, en silencio.
Las películas de ciencia ficción lo cuentan desde hace tiempo y ahora ya pasó al campo de la realidad. No tengo dudas.
Mi reacción inmediata cuando lo detecté, fue actuar normalmente. Como si nada hubiese cambiado la rutina del día.
Desde el living intenté encontrar alguna luz u otra señal de estos espías pero la separación entre los azulejos es muy estrecha. Todo está muy calculado.
Son dueños de una tecnología superior, eso es apostar y ganar. Además de toda la logística robótica que se utiliza para instalar estos ínfimos ojos, existe otra de orden psiconeurológico, que los hace pasar desapercibidos.
Una infraestructura enorme de paneles, botones y máquinas acumula información y luego es vendida a cifras estrambóticas, a personas sin cara y con muchos maletines.
En mi casa, por ejemplo, yo los encontré entre los azulejos, pero vaya a saber dónde estaban antes de eso. No es la primera vez que aparecen, por eso no me inquieté tanto.
Sin llegar a un estado de alerta puedo darme cuenta de su presencia, como cuando se cayó una maderita del zócalo del patio. Cada tanto los atrapo, sin levantar sospechas, como esa vez que clavé la maderita con cuarenta clavos enormes.
Cocina, baño, living, patio. Cualquier habitación puede ser el próximo asentamiento. La variedad en la rotación de las habitaciones pretende desconcertar, pero yo estoy muy atenta.
Pequeños detalles hogareños que cambian en un instante. Percances caseros que creemos comunes o cotidianos y que significan la obvia instalación de este sistema voyeur.
Por supuesto, yo no soy la única. De visita en casa de cualquiera enseguida puedo notar si ya ha caído bajo las redes subterráneas de espionaje fantasma. Le doy este nombre porque es el título más explicativo para entender las dimensiones del fenómeno.
Cuando compruebo esta peculiaridad, no digo nada así no altero la paz del que allí vive; pero sí le sugiero calurosamente que repare el “daño” que tiene su pared o zócalo o lo que fuere.
Tantas coincidencias en lugares diferentes con gente que no tiene nada que ver entre sí reafirman este secreto, que creo sólo unos pocos conocemos.
Imagínense si absolutamente todos supiéramos que hay microojos mirándonos, ahora, en este mismo momento.
Habría personas que no lo creerían, que se reírian a carcajadas o que elegirían ignorar el asunto para no levantar la perdiz y vivir más tranquilos.
Sin mencionar a los que me tildarían de loca o paranoica porque así es más fácil la negación del asunto.
Por eso hay que estar atento a cualquier cosita rara que aparece en la casa. Cualquier falla absurda puede ser una instalación incipiente. Nada que no se resuelva con disimulo y martillo, cemento de contacto y unos buenos clavos. Por ahora, al menos.
jueves, 24 de julio de 2014
Una función doble
Qué ganas tenía de verte, de tocarte, no sabés.
Me pasa con casi nada y casi nadie.
Te quería de nuevo enloquecida como sos,
Con tu catarata fluyendo como burbujas
Y tus idas y venidas, tu medio hacer, los sí y los no.
Es que me pasaron tantas cosas estos tiempos.
Una aventura tan grande llena mis días hoy
Que no entra en las palabras ni en las letras.
Un abecedario nuevo estoy creando
Un lenguaje secreto que no develaré a extraños
ni traspasará muchas fronteras.
Pero a vos sí, a vos te lo cuento porque
Puedo abrazarte y soltarte y siempre reís.
A vos te puedo dar papeles, helechos y
confites y sé que vas a hacer una escultura pop.
Sos un garabato que se dibuja sus trazos
todos los días al rayo del sol.
Por eso te extrañé, porque sos vos nomás.
Y ahora que de verdad sé lo que es luminoso,
te quiero más, sólo por capricho, porque sí.
Ahora es más fácil. Ahora es ya.
Dudame
Debilita el deseo
Sublime o denso
Desenvuelve
Los días, los dedos
El dije y la diadema
Doblegados en si bemol
Dar
Doler
Decir
Definiciones en solfa
Uno en diluvio interior
Únicos de a dos.
viernes, 4 de abril de 2014
Palabras a mi tío
El hombre es.
Vive como puede, vive como quiere.
Deja atrás todo pasado feroz.
Mira adelante
pero no se pregunta qué viene.
La carcajada máxima
que despierta todas las carcajadas.
El hombre cuida su nido
y los nidos de más allá.
Saltimbanqui generoso
con tu ópera de siesta
descansabas tus penares
para no compartirlos con nadie.
El hombre ya no es.
Hoy es más, es otro.
Hasta siempre, hombre de la risotada.
A Samu, con cariño.
Vive como puede, vive como quiere.
Deja atrás todo pasado feroz.
Mira adelante
pero no se pregunta qué viene.
La carcajada máxima
que despierta todas las carcajadas.
El hombre cuida su nido
y los nidos de más allá.
Saltimbanqui generoso
con tu ópera de siesta
descansabas tus penares
para no compartirlos con nadie.
El hombre ya no es.
Hoy es más, es otro.
Hasta siempre, hombre de la risotada.
A Samu, con cariño.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Digresiones
En primer lugar, dejame terminar. Cuando puedo darle forma a eso que estoy pensando, la situación se vuelve un poquito más llevadera, viste. Tengo un montón de cosas para decir, después de todo y antes que nada. Pero tengo que ordenarme, sino esto es puro palabrerío y luego ni me acuerdo para qué te pedí que habláramos. Claro que vos también podés decir algo si tenés ganas, pero sabemos que al final termino hablando sola, en definitiva es un poco así. No quisiera hacer un monólogo, esperá un poquito. Quiero muchas cosas; por ahí es ése el titular que le podríamos poner. Podemos ver en qué deviene la charla para saber cuál sería el título de todo esto, si te parece.
En segundo lugar, siempre decís que no me entendés, por eso pensé lo de titular. Pero yo sé que soy clara cuando hablo a pesar de que me voy por las ramas. Aunque más que por las ramas podría irme por las cañerías o por la ruta derecho o por la tangente, que no me acuerdo bien que era pero sí que era algo de matemática, o geometría, y nunca entendí bien para que me iba a servir eso en la vida si no estaba en mis planes descubrir fenómenos físicos o inventar cosas. Seguro si hubiese elegido esto último serían cosas que sirvan para la humanidad. Cosas altruistas y simpáticas. Ah, sí, porque si hay algo que soy, es simpática, claro que sí.
Eso me lleva al tercer lugar, que corresponde al dedo medio. Cuando me conociste dijiste pero qué simpática que sos, así a secas. Y a pesar de esa aridez tuya, de esa cara de sota que debajo del vestuario no lleva nada puesto, desde ese día yo no pude pegar un ojo. Y es graciosa la frase si la pienso en sentido literal, porque realmente veo un pincel con pegamento que bordea la línea del ojo donde salen las pestañas y luego los dos párpados adherirse, sellarse, cuando a mí me pasa exactamente todo lo contrario a eso. Porque te imagino y los ojos se me abren más todavía. No sólo los párpados siento, sino todo el iris ajustándose, siento la pupila y la retina actuando como locos, la córnea y el músculo ocular casi sudando de tanto trabajo. Como esas factorías de los dibujitos animados que de repente activan todo su engranaje cuando reciben combustible.
Por eso en cuarto lugar, ratifico, reitero y remarco que claro que soy simpática, pero también soy de fruncir el ceño y mirar de costado levantando mi ceja derecha. Si acostumbrara usarlo, completaría la foto con un escarbadientes en la boca y caminaría muy lento, desafiando al sheriff y toda la paparruchada cowboy. Lo que sí quiero aclarar es que no usaría un caballo para atravesar los desiertos o montañas; tendría que elegir otro animal porque les tengo un poco de miedo, así que ahí tengo un tema a resolver, lo admito. El asunto del galope me interesa de todas maneras.
Así llego al último y quinto lugar, por esto de atravesar los paisajes. Si pensamos el verbo en sentido literal otra vez, cuántas acciones abarcamos con ese concepto; es un juego gramático fabuloso. Mezclar, traspasar, impregnar: a cuál más provocador. La acción que mencioné hoy, la que se hace cuando te subís a un caballo, por ejemplo, podríamos practicarla, para ver cómo sería. De hecho tengo una bonita melena. Podemos jugar a crear animales mitológicos y de paso innovar un poquito. Vos tenés algo de centauro, si me dejás puedo probar y quizá hasta cambio de parecer con esos bichos. Empecemos ahora, mejor. Por ahí es momento de parar con la cháchara y chocar, chorrear, chapotear y chisporrotearnos en chantillí mientras nos chantajeamos sin chaleco ni chiripá.
viernes, 21 de diciembre de 2012
Una existencia pequeña
Un dedo índice presiona un botón y suena un timbre. En la
espera, él y sus colegas de mano rascan una mejilla un poco seca por el frío de
la tarde. El dedo aguarda, y mientras tanto, golpetea contra la pared de
ladrillo a un ritmo de dos por cuatro. Luego se dirige –sin lugar a réplica-
hacia la boca de su dueño y saca de entre los dos dientes superiores delanteros
restos del chocolate con almendras que éste degustó hace un rato. Lamenta tener
que encargarse de las penosas tareas de limpieza de las partes del cuerpo en el que le tocó vivir, sintiéndose un poco héroe y un poco víctima.
Piensa en el destino de otros índices que, como él, no
tuvieron la oportunidad de elegir su dueño y, si bien reconoce que en la
intimidad todos los dedos son iguales, algunos tienen más suerte que otros.
Cómo habrá sido ser ése que fue levantado en el fragor de un
discurso político revolucionario, o el que sostuvo la lapicera para firmar el
tratado de paz más importante de la historia? O qué sintió el dedo de Jimi
Hendrix o Astor Piazolla cuando se dio cuenta que hacía magia?
El que sostuvo el pincel de Da Vinci, o rascó la sien de
Darwin cuando trabajaba sus teorías, o el dedo de Vito Corleone que daba las
órdenes en italiano; a ellos admira.
Mientras hurga en la oreja derecha de su propietario,
imagina qué hermoso hubiese sido escarbar las arenas de Egipto en búsqueda de
la tumba de Tutankamón, o al menos remover el fondo del océano buscando la dorada
Atlántida.
Su existencia está signada por el aburrimiento: tocar
botones, interactuar con partes del cuerpo en una rutina un tanto desagradable,
alguna que otra vez acariciar partes de otros cuerpos, señalar algo que pasa, o
ayudar a sus compañeros a agarrar cosas. Pero no mucho más que eso. Él observa a sus otros colegas aceptar sus tareas sin ningún tipo de rebeldía, en
absoluta resignación con lo que les tocó ser.
Recuerda que despertó de su letargo una tarde, cuando
esperaba que lo envuelvan en yeso por una fractura de mano que había sufrido su
portador. Vio a una enfermera y el maternal dedo apoyado en sus labios carnosos
inmortalizando el símbolo del silencio en una fotografía. Ya la había visto en
otra ocasión, pero la quietud enloquecedora de esas semanas enyesado le había
instalado la imagen y la pregunta una y otra vez: cómo trascender?
Si fuera por él, rompería con la frase “no mover un dedo” y
le demostraría al mundo el poder que tendría, la capacidad de acción con la que
cambiaría algunas cositas con las que está disgustado.
Sería capaz de reunir las fuerzas necesarias para cambiar su
destino? Podría empujar al resto de sus compañeros, al cuerpo entero y por ende
a su portador, a darle un significado importante a su vida?
Mientras cree encontrar la respuesta, el pobre dedo es apretado torpemente por una puerta de madera. Dolorido y con su extremo superior a punto de explotar, olvida sus cavilaciones y sólo grita internamente por un analgésico que le calme el suplicio y lo ayude a dormir.
Mientras cree encontrar la respuesta, el pobre dedo es apretado torpemente por una puerta de madera. Dolorido y con su extremo superior a punto de explotar, olvida sus cavilaciones y sólo grita internamente por un analgésico que le calme el suplicio y lo ayude a dormir.
lunes, 10 de diciembre de 2012
Malos pensamientos
Sólo un deseo pidió Juana al soplar la velita.
Lo único que le importaba era ésa utopía, que el ciclo del
universo cambiara según los pronósticos pseudo apocalípticos y que se realice
la magia: que todos los allí reunidos se callaran la boca. Sí, que hagan
silencio, que hablen cuando tienen que hacerlo (entiéndase opiniones sinceras,
comentarios positivos o palabras de afecto o consideración), y que si en su
defecto esto no ocurre, que sigan callados. Que se guarden el caudal de
malicia, que se aguanten su envidia, su frustración y que en lo posible, se
atraganten con ellas.Concentró toda su energía en un soplido poderoso, de esos que derriban árboles eternos, como en los cuentos fantásticos. Juana posee, a pesar de sus veintitantos, cierta inocencia que pugna por no desvanecerse y eso le da fe: acentuando el ritual del soplo rogó el mutis general, apostando a que fuera instantáneo.
Un segundo de suspensión, la penumbra de la vela apagada, aplausos, saludos y otra vez el parloteo. No funcionó. Otro deseo perdido y por eso, aún más anhelado.
Tomó la cuchilla y la espátula, un poco decepcionada, y se dispuso a cortar el pastel. Los invitados seguían charlando, opinando sobre la vida de tal o cual, o peor, sobre la vida de la propia Juana (en su propio cumpleaños, no hay derecho, debería haber un poco de auto censura, pero no).
Mientras hundía con una siniestra suavidad la hoja filosa del cuchillo, Juana se preguntó qué pasaría si hiciera lo mismo con la campera de su prima Celeste, que desde chicas se burla de su gusto particular para vestirse.
Una sonrisa ácida se le clavó en la cara al pensar en los garabatos que le haría a la bendita campera con la puntita -sólo la puntita- del cuchillo, y ver las plumas, presas en su interior, salir desesperadas en busca de oxígeno. Luego, juntaría todas las plumitas, que son muchas, y se las pondría en la boca a su tía Felisa y a su otra tía Fabiola, ya que si por lo menos no tienen pelos en sus lenguas, tengan algo que se las suavice un poco.
Con ese cuchillito también cortaría el mantel bordado tan afanosamente por mamá Susana mientras esperaba feliz a aquél hombre que la llevó al altar, y que luego se fue a recorrer otros altares con otras mujeres; y que luego regresó y volvió a irse, unas cuantas veces, siempre en algún coche nuevo.
-
Ah sí, qué lindo quedaría el auto de papá con
toda la goma espuma de las butacas a la vista -fantaseó Juana– como si hubiese
nevado adentro, una pesadilla para la aspiradora. Y el cuero todo rasgado como
si una pantera hubiese bailado malambo sobre los asientos. El auto recién
encerado, con olor a lavanda, tu orgullo personal, víctima de un cuchillito
justiciero.
Juana terminó de servir a todos, y fue sola con su platito a
sentarse a un rincón, evitando sociabilizar. Sus amigas Laura y Lorena discutían falsos conocimientos sobre política y las teorías sobre por qué el mundo es una porquería, y tuvo el impulso de reventarles el plato de torta en la cara con la misma vehemencia con la que ellas militan en las redes sociales. Calculó la distancia y dedujo que desde ahí les llegaría un gran impacto que las desmayaría, por lo menos, pero necesitaba otro plato bien abundante para realizar una descarga simultánea.
Sin embargo, observando a su tío Armando y su tercera mujer, dobló la apuesta. Tomaría el mantel de mamá todo acuchillado y los metería a los dos, como los Hansel y Gretel del bosque del infierno, y cual deportista olímpica los revolearía lo más lejos posible, amordazados para no contaminar el aire con las comentarios castrenses de ella.
- Sí, vuelen y mátense sin testigos. Les regalo un
pasaje en un mantel con ventilación y garantía de calidad en el arribo. Adiós, en
la próxima vida si se odian sean valientes y sepárense.
Probó un bocado y el sabor dulce de las frutillas la
empalagó. Le había dicho a su amiga Daniela que ya no le gustaban las tortas
con frutas, pero ella hizo lo que quiso. Quizás, si agarrara la torta entera y
la estrellara contra la pared, y luego tomara a Daniela y a su novio sin
carácter de la nuca y los hiciera limpiar el enchastre con la lengua y la cara,
juntando no sólo preparación sino también pintura, revoque y cemento, comprendería
que no era lo que ella le había pedido.Luego agarraría la cola de burro (si hubiera) y los cuernos de alce (qué buen complemento sería para un cumpleaños) y se los encarnaría a su otra amiga Julieta en la boca, sin anestesia ni preguntas previas, para evitar nuevamente su cuento de hadas con príncipe perfecto en castillo de barrio cerrado, que a esta hora debe estar siendo agitado por hordas de ebrios escuderos y plebeyas desnudas.
Juana se dio cuenta que toda su ingenuidad había quedado pegada a la espátula, que su tolerancia se había desvanecido como la llama de la velita. Sin transición, su deseo de silencio había germinado hacia otros deseos menos santos. Toda su vida estuvo escuchando, gentil, atenta, y ahora ya no tenía más ganas. Estaba agobiada.
Se dirigió hasta la mesa, se sirvió una copa llena de vino y la bebió de un trago. Miró a su alrededor, su prima le estaba hablando pero no le importó. Tomó la cuchilla nuevamente y la sostuvo, dudosa.
Observó el brillo de la hoja metálica, la firmeza de su mango de madera, la perfección de su filo. Descubrió su reflejo en el acero. Miró el mantel, los sillones, la ropa en el perchero del recibidor, la torta inmunda.
Fue hasta la cocina, abrió la canilla y con cuidado, lavó suavemente el utensilio. Lo secó hasta sacarle brillo, y despacio lo guardó en el primer cajón.
- Mejor quedate durmiendo acá – le dijo en voz
baja acariciándolo – me estás tentando a hacer muchas travesuras.
- Pero sería muy divertido. No lastimaríamos a
nadie, sólo un poquito a algunas cosas, se lo merecen, no te parece?- incitó la
cuchilla juguetona - Sería algo nuevo para mí, siempre cortando comestibles, podría
hacer un trabajo excelente, no te vas a arrepentir, probemos!
Juana cerró con fuerza el cajón. Mejor dejar de escucharla
ahora, antes que la siga seduciendo, aunque quede gritando ahí adentro. Le
gustaba regalar a los demás nuevas experiencias, pero quizá en este caso no era
conveniente.
Volvió al comedor y se sirvió otra copa de vino. A lo mejor,
había estado exagerando un poquito.miércoles, 7 de noviembre de 2012
Soltar
Ana se levanta del sillón y se va a mirar al espejo. Mira
sus rulos gitanos y su nariz importante. Se acerca a su reflejo para jugar al
cíclope con ella misma, para no pestañear por un buen rato. Sabe que así se le llenarán los ojos de agua. Necesita que le ardan los lagrimales para poder
activarlos, a veces el llanto no le sale naturalmente.
Hace varios días que Ana no duerme, porque piensa en él
ahora más que nunca, ahora que no se lo merece para nada. También piensa en la
canción de Spinetta y eso la tranquiliza un poco. Trata de cantar otra de sus
canciones y se estremece al reconocer la sabiduría de un hombre tan simple.
“Como quisiera una poesía para mí”, susurra, y eso la hace sentirse muy sola.
“Como quisiera una poesía para mí”, susurra, y eso la hace sentirse muy sola.
Cada noche descubre en su cama una acuarela borrada de
momentos, en su almohada oye la arena que le corroe la piel, entre las sábanas se
mezclan sus piernas y su melancolía. Y se levanta. Para qué insistir en conciliar
el sueño cuando no puede reconciliarse consigo misma.
“O también quisiera volverme un velociraptor, ir donde esté,
capturarlo con mis garras peligrosas y llevarlo volando hasta la cima de
cualquier montaña y que no pueda bajar y que no le quede otra que estar
conmigo”. Pero sabe que, además de
improbable, sería una declaración de guerra.
Cierra los ojos y se acaricia la mejilla como se la
acariciaba él, con los cuatro dedos flojos y de abajo hacia arriba hasta llegar
a su pelo, donde siempre se enredaban hasta despeinarla. No es lo mismo, pero
se conforma con eso.
La ventana baila y Ana se apura a cerrarla. Medita sobre la
diferencia de las veces que se utiliza la palabra cerrar. Cerrar un libro al
terminar de leerlo y sentir que la modificó en algo; cerrarse la campera para
no pasar frío mientras camina por el otoño del Parque Lezama; cerrar un frasco
de mermelada de frutilla con los dedos embadurnados y contentos; cerrar la
puerta y decirle adiós a él, hasta siempre a tanto amor difícil, chau, y que
nos vaya muy bien, ojalá.
Cuando él se fue, ella estaba despertando. Ya los dos sabían
que no querían juntos todo lo que antes querían, que estaban usando otras
máscaras, que poco a poco su amor se había diluido en un mar cada vez más seco.
Lo vio sentado contra la pared, al lado de la puerta,
despidiéndose en silencio de esa casa que tanto lo oyó reír. Luego se levantó,
se acercó a la cama y la besó en la frente. Se abrazaron y se amaron por última
vez, lo sabían, la última vez que es eso como soltar lo que no queremos que se
vaya, ese globo brillante en ese parque dulce en una tarde tibia llena de
flores.
Y lo dejó ir porque sabe que es mejor así, que se deslice hacia
otros cielos de otros parques, siempre curioso, siempre volátil; y así él
también la soltó, llevándose consigo su suavidad y su pelo de zíngara, ambos dudando
pero sin pensar más.
Ana sabe que vendrán otros a quien amar, otros que tomen su
cuerpo de mujer frágil y la vuelvan guerrera, bailarina, o nómade.
Soltar. Dejar ir para volver la mirada al presente. Despertarse
es eso, pero Ana aún no puede dormir. Abrirá los ojos muchas veces antes de
lograrlo. Será una sonámbula atenta, un búho en el monte desordenado de su cama.
Y seguirá cantando canciones hasta que el cristal de sus ojos se rinda y pueda
por fin, ella también, volar libre.
miércoles, 24 de octubre de 2012
Sorpresa
Esta vez sí me quedé sin palabras. Esta vez me quedé muda,
con los ojos bien abiertos con un poquito de agua. Me quedé sin palabras, sin resistencia,
con la boca abierta como una rana que no espera el chaparrón.
Y es que viniste con ese tu mundo, tan lleno de sonrisas y
claves de sol y paquetes de galletitas dulces hasta empalagar. Y me llenaste el
hueco ése que tenía vacío, que eran muchos huecos vacíos y sonaban con un eco
que se iba perdiendo lejos lejos hasta que lo escuchaban del otro lado del
mundo.
Yo no quería tanto. Yo no esperaba tanto. Yo no esperaba
nada, pero quizás todo, sí.
Desarmaste mi mundo de guerrera indecisa con tu andar de
saltimbanqui inteligente. Rompiste las barreras de sonido de mi fuerte
indestructible para construir la melodía de verano que día a día nos despierta.
Con la guitarra en las manos una vez cantaste tantas cosas
que ya no me acuerdo nada, sólo sé que me hipnotizaste como un encantador de
serpientes y luego me miraste, me miraste tan intensamente que supe que ya
podía tomarte de la mano siempre y no soltarte jamás, porque vos ya no ibas a
soltarme, jamás, e ibas a tomar también mi cuerpo y enseñarme que teníamos
tanto para aprender juntos.
Si tuviera que despertar una noche, elegiría siempre la
misma. La que nos mostró que la sorpresa es un invento del destino para
asegurarnos que nada está previsto, que todo es variable, viable, visible,
vivible.
Y te guardaría en el bolsillo de mi sobretodo, ése azul que
tanto te gusta, para que me digas todo lo que quiero oír en el momento del día
que yo lo desee, pero también para tenerte cerca en el momento del día que más
lo necesito, y así oler tu perfume o rozar tu piel de azúcar o mirar tus manos
cómplices tocar las mías.
Igual que esa primera vez que hoy sigue siendo
primera porque con vos todo es nuevo, todo brilla, todo es presente.
Es ahora, no antes, no después, es sabor, es sumar, es
siempre sí.
lunes, 24 de septiembre de 2012
El que fue
Recuerdo que te vestiste de violeta, te pusiste un panamá
que no combinaba para nada y me dijiste vamos.
Me agarraste de la mano para levantarme, y aprovechaste el
empujón para abrazarme fuerte. Vos siempre abrazaste fuerte. Por lo menos a las
personas que te importaban. Yo me daba cuenta porque cuando envolvías a otros
con tus brazos de canguro pacifista cerrabas los ojos, querías atravesar con el
cuerpo al otro para sentir la plena unión fraterna, su energía. Yo siempre
pienso en esa primera vez que te vi; eras como un gurú cubierto de plumas y
flores, salido de una comedia sesentosa. Pero siempre fuiste serio, intenso, comprometido
hasta con los pasos que dabas.
Esa tarde estabas asqueado de todo, cansado de sentirte como
en un muelle sin agua y sin horizonte. Tenías ganas de darle un sopetón bien
violento al timón de tu vida y dejaste todo así, a medio hacer, o sin hacer, o
casi terminado. Nada te convencía, nada te provocaba. Esta vez ni siquiera
tenías ganas de avistar ovnis en la Costanera Norte, si bien te insistí porque
siempre fue divertido y nos despejaba de lo que pasaba en este planeta.
- Cualquiera puede ser consejero, consultor, concejal,
conserje, cónsul, contador, consolador, conquistador. Yo no soy nada. Es todo
tan aburrido. Sólo sería conquistador, pero de qué? Ya pasó de moda, y a pesar
de eso seguro sería odiado. No ves que ni siquiera las conjeturas tienen
sentido? Me desarmo y soy agua. Me derrito pero soy piedra. Sangre de mi sangre
que se esparce y desaparece. No podría soportarlo, vivir bajo el repudio de la
gran humanidad, vestida de sedas y fibras sintéticas antirrobo. Señalado,
apuntado por el gran dedo del tedio humano. Reprendido, castigado por hordas de
impunes elegantes que me golpearían con sus cargadas billeteras de cuero.
Acuchillado por cartones crediticios, sepultado bajo grandes masas de facturas
impagas, olvidado y reducido a fantasmita plebeyo, a lumpen poético, a ex
empleado desagradecido.
Me encantaban tus monólogos tragicómicos. Y vos frente al
espejo, el halo de la verdad que te rodeaba, eras una voz cierta. Pero a veces
te sentías nada. Y eras tanto.
Salimos y tomamos el 29 hasta el final del recorrido, y
luego nos subimos a otro, y viajamos por horas. No dijiste ni una palabra. Al
llegar la noche nos bajamos en Pacífico y fuimos a una pizzería.
- Una cebolla es. Un tenedor es. Una servilleta es. Punto.
Cada cual a lo que le fue dado. Pero uno también es, y no hay punto. No
alcanza. La frase siempre queda con puntos suspensivos. La necia necesidad de
la respuesta.
Dijiste eso y los dos terminamos de comer en silencio. Yo no
pude contestarte, a mí también me pasaba lo mismo a veces. Buscar el punto.
Buscar la palabra que termine la oración, que defina un concepto. Para qué,
nunca lo supimos.
- Pero como dijo mi sabia abuela, mañana será otro día – me dijiste
sacándote el aceite de las manos con una servilleta de papel – y lo único que
nos queda es el amor. Así. Porto frases hechas en la cabeza como quien lleva de
todo en la cartera. Recaeré nuevamente en los placeres mundanos, golpearé la
puerta de aquel adonis que quiera marcar mi piel para hacerme sentir otra vez sosegado,
sociable, sostenido, soberbio, sordo, soberano, socio de esta burda existencia
de guillotina.
Me estrechaste fuerte otra vez y me miraste. Al otro día
nada cambió; vos volviste a tu odiado trabajo y a tu adorada lucha por la
libertad, a querer ser por sobre todo. Pero cuando años más tarde hablamos de
esa noche, me dijiste que se te habían vencido las ideas, que había algo de vos
que ya no creía. El terrorista amoroso que llevabas dentro había languidecido. Yo
lloré. Te discutí, te odié un momento y luego traté de comprenderte, aunque no
pude hacerlo del todo. Eras mi altarcito pagano, mi brújula mareada, el poeta
liberto.
Recuerdo que reíste de mi romanticismo cursi, y me abrazaste
como siempre pero ahora como un hombre que era otro, y luego me invitaste a la
Costanera a ver los aviones.
martes, 4 de septiembre de 2012
Esencia
Es un momento de suspensión,
como si el tiempo deja de ser tiempo y no hay
nada,
sólo es ahora y transcurrir y claridad.
Y ya no hay nada para controlar porque
amanecemos
y la vida nos hace sentir que estamos vivos,
que desesperada corre la sangre por nuestras
venas
haciéndonos vibrar y reír y soñar despiertos cuando creíamos que
todo había quedado enterrado en lo más
profundo de los abismos.
Y se nos revela esa sensación como una flor
que abre,
la que se siente cuando notamos que
nuestro corazón va a estallar,
cuando nuestra mente vive en la abstracción
absoluta y es también
un remolino de pensamientos, es la caja de
Pandora de los sentimientos
que nos toma por sorpresa y nos pega una feliz
cachetada.
Es lo que habita en lo más profundo de nuestra
alma,
hiberna tan solemne que creemos
que ya no existe más,
y de repente como una flecha que nos atraviesa
en lo más recóndito
aparece como un volcán de lava que no para de
manar
por todos los lados de nuestro cuerpo
y nos inunda, nos embarga, nos posee, nos
alimenta.
A la velocidad de la luz viajamos a través de nosotros mismos,
preguntando, dudando, deseando alocadamente
que ese calor toque nuestras manos, pidiendo a gritos ofrendarnos a
un ritual sacrílego donde no hay testigos, sólo protagonistas.
preguntando, dudando, deseando alocadamente
que ese calor toque nuestras manos, pidiendo a gritos ofrendarnos a
un ritual sacrílego donde no hay testigos, sólo protagonistas.
Y mareados continuamos nuestros pasos,
viviendo esa dulce incertidumbre
de bailar sobre la arena caliente que tanto
añoramos y que creíamos perdida,
tratando de no perder la razón para perderla en
el momento justo para siempre,
y aceptar que esa razón no es nada si no
podemos decir lo que somos,
si no podemos sentirnos animales y gritar
desaforados
y salir a jugar como niños otra vez bajo la
lluvia para limpiarnos de todo mal
y ensañarnos de amor con nuestros cuerpos
y sufrirnos y padecernos y amarnos de tal
forma que ya no haya vuelta atrás.
Hasta que todo pierda el sentido para poder
darle un sentido diferente,
esa diferencia que nace de la pasión viva,
estado de embriaguez natural dueña de nuestras acciones
y que nos ilumina la vida
como un faro en el medio del inmenso y desnudo océano.
como un faro en el medio del inmenso y desnudo océano.
miércoles, 8 de agosto de 2012
Clics modernos
- Estoy con ataque de libertina hoy, así que no me importa
nada de nada.
La charla era telefónica, por lo cual la veracidad del
planteo no podía ser comprobada. Mi amiga Bere es una apasionada momentánea. Tiene
arranques de telenovela venezolana, pero esos arranques duran menos que la
tanda publicitaria.
- No me importa ni lo que diga la gente, ni lo que diga mi
familia, ni lo que diga yo misma, así que hoy desenfreno, libertad total de
acción. Voy a comer todo lo que se me antoje, voy a llamar a todo el que se me
de la gana –me atienda o no- , si quiero me emborracho, pinto la pared con
aerosol, y me rapo el pelo a cero.
- Quizá eso no sea tan aconsejable; de lo único que no te
podés arrepentir es de raparte. Por lo menos tres meses hasta que dejes de
parecer un clon de Sinnead O’Connor.
- Pero vos de qué lado estás? Igual no me importa lo que
digas, te repito, voy a hacer lo que quiera. Hoy no voy a usar la cabeza. Hoy –y
ojalá me dure- no me importa el papelón. Por eso voy a hacer todas esas
llamadas que no hice porque me quedé con la duda. Ahora por lo menos van a
tener un argumento por el cual no me llamaron más, capito?
- Está bien Don Corleone. Me alegra saber que si en algún
momento te cruzás con alguno de los infelices que vas a llamar más tarde, vas a
pasar por al lado con orgullo.
Aquí fue donde pensé en mi deber como amiga. Debo empujarla
al ridículo? A las acciones que vienen engrampadas con la frase posterior “ojalá
me trague una planta carnívora”? Tengo que prevenirla sobre su inconsciencia
infernal? O simplemente la dejo y que haga lo que quiera, contá conmigo,
etcétera? Después de todo, no me está pidiendo consejos. Libertad total de
acción.
- Tengo un vestido dorado muy ochentas, de esos medio
arrugados. Vos podrías usar el enterito de lunares flúo y salimos a tomar unos
tragos, esa es una buena opción.
De qué me sirvió la reflexión anterior? No sólo la estoy
empujando, sino que le estoy regalando un motor de Scania doble cabina conmigo
adentro.
- Y luego hacemos todas las llamadas a cualquier hora, como
anónimos. Y cantamos alguna de Valeria Lynch o los Enanitos Verdes, y les
rompemos bien las bolas a todos. Y después podemos ir con los aerosoles y
pintarles los autos tan aburridos que tienen, sobre todo a ese trío que no voy
a mencionar.
Qué me pasa? De repente amo el vandalismo?
- No, lo de los autos no, es un poco fuerte – dije un tanto
avergonzada de tanta sinceridad inútil.
- Me estás dando un poco de miedo – dijo Bere.
- Bueno, quedémonos hasta lo de las llamadas, por ahí en vez
de Valeria Lynch puede ser otra cosa, no sé. Alguna de mariachis?
- Me parece que mejor me voy a quedar acá pensando; con lo que
dijiste me doy cuenta que no me sirve de nada la venganza. Aparte el alcohol me
hace muy mal, vos sabés. Me hago un baño de crema, miro una película, así me
tranquilizo. Si cambio de opinión te llamo.
Tanto pensar en cómo debía aconsejarla y terminé descarrilada
en la autopista de mi propio libertinaje. Pero la emoción de Bere fue más corta
que la propaganda y no alcancé ni a ver los títulos. Sólo fui hasta el ropero,
me puse el vestido dorado y confirmé que el ridículo es mejor cuando se hace de
a dos.
viernes, 27 de julio de 2012
Un poco de amor
Hoy no quiero nada. Sólo hablar, pero jugar no. Podría
haber jugado la otra tarde, cuando vimos esos conejos. O el domingo, que nos
ganó la fiaca. Pero ahora no. Hay veces que me gustaría jugarte al luchador de
catch. Agarrarte de las piernas y pegarte un revoleo bárbaro. Como cuando
interpretás al Gran Maestro y de repente sos una enciclopedia parlante. O
cuando te ponés colorado y querés no reírte pero no te sale, porque sos
transparente como la miel. Pero hoy es distinto.
Ayer tomé el títere de la repisa. Le faltaba un ojo y lo
quise más. No era perfecto, era más como nosotros. Lo hice hablar un poquito
pero estaba cansado. Así que fui hasta el costurero, revisé entre la marejada
de botones y encontré uno verde. Se lo cosí. Le estaba solucionando la visión,
aunque un ojo era muy diferente al otro. Fue a propósito, no quería que todo le
sea tan fácil. Lo apoyé sobre la mesa y nos quedamos mirándonos. Yo le pregunté
cómo me veía ahora, con su nuevo ojito. Si todo era igual, o si percibía
distinto. Estaba serio y no me contestó. Así que lo llevé de vuelta a la repisa
y que haga lo que quiera. Puedo vivir sin su opinión. Entonces quise hacerme un
té, pero la planta de menta no estaba preparada para desprenderse. Tomé tres o
cuatro hojitas y chillaron muy, muy despacito. No pude cortarlas, me daba
culpa. Así que apagué el fuego y me fui a dormir pensando en vos. Y en tus
manos como de espuma de mar. Te vi en el sueño patinando arriba de un elefante,
creo que estábamos en Turquía. Dabas vueltas en la arena y te llenaban de
premios por eso. Yo tenía una túnica estampada de sandías y te aplaudía como un
robot de película ochentosa. Y cuando abrí los ojos te vi sentado en el borde
de la cama, pensando.
Me hice la dormida para vigilarte un poquito. Recordé
esa tarde. Qué hermosa nuestra vida juntos, me dijiste, y me besaste. Y todo el
cuerpo se me volvió de vainilla y caramelo. Ahora quiero tanto. Te pienso y me
sonríe la piel. Ahora sí juguemos. Si querés yo soy tu títere y me cambiás los
ojos. Pero sólo los ojos, lo demás está bien. O jugamos a la planta y yo me
quejo bajito porque no me arrancás nada y te vas. Pero luego tenés que volver,
si no no vale. Y así sí nos revolcamos en el pasto y festejamos la lucha libre.
lunes, 2 de julio de 2012
Salón de belleza
- Si hay
algo que quisiera tener, algo con lo que me gustaría haber nacido, son los
pelos bien enrulados, tener un peinado estilo afro, vaporoso, casi casi un nido
de carancho.
Hubo un
momento donde todo se detuvo, como esos segundos previos a la gran catástrofe
de las películas de acción donde las cosas ocurren en cámara lenta y sin
sonido. Todo fue quietud, los secadores se callaron, las manos se quedaron
quietas, las tijeras pararon su poda. Yo miré a través del espejo hacia todos
lados y puedo afirmar que todas, absolutamente todas, me estaban mirando con
cara de esa misma catástrofe.
En esa secuencia confirmé mi poca eficacia para entablar conversaciones de peluquería y
lo distante que estaba de los gustos capilares femeninos.
Lo que
siguió después fue un parloterío digno de la más variada jaula de zoológico y
una lluvia de opiniones y consejos. Que estás totalmente loca, qué los rulos no
van, con la humedad en la que vivimos sería imposible ponerte una hebilla, que
no tenés sentido de la moda, entre otras cuestiones que aunque no me importasen
no dejaban de ser crueles.
En esta
época donde se libra una guerra total y abierta al rulo, donde la potencia
lacia quiere ganar cabezas aplastando la naturaleza del pelo como ha nacido,
qué puedo pedir?
Se me
acerca una joven con un turbante en la cabeza y me indica mostrándome una foto
de una Cleopatra moderna:
-
Ves?
El pelo siempre tendría que estar así, es un horror que se te ondule! Si no
parecés un perro caniche!
-
Bueno,
pero a juzgar por esta foto la otra opción es ser un perro afgano!
Me miró
unos segundos con odio mal disimulado, aunque creo que no entendió lo que le
dije, se dio la vuelta con la frente en alto y se fue taconeando hasta su
sillón.
-
Estás
muy equivocada –saltó una desde el fondo- sabés lo tremendo que es no poder
dominar el pelo? Que quieras peinarte linda y no puedas porque el cepillo no te
hace efecto? Mirarte al espejo y ver que tu pelo es cualquier cosa y que hace
lo que quiere? O que te digan cachavacha en la escuela o el trabajo? No entendés
nada!
Estaba al
borde de la histeria, roja por la tintura y por la bronca.
-
Lo
que no entiendo es por qué no aceptan el pelo como les salió! En vez de estar
haciéndose cosas todo el tiempo y vivir obsesionadas con algo que NO tienen ni
van a tener NUNCA!
Ouch. Ahora
sí estaba completamente fuera de lugar. Hasta mi peluquera con su mirada me
retó por sediciosa pro-bucle, por incitar al rompimiento de las normas lacias.
Menos mal que ya había terminado su trabajo, las consecuencias podrían haber
sido no menos que desastrosas.
Y ahora
eran esos segundos posteriores a la catástrofe, donde uno actúa como flotando,
sin escuchar y casi sin ver lo que ocurre alrededor, la pantomima de gestos y
brazos por los aires, el peligro de ser atacada por algún frasco volador, el pagar
rápido y huir para evitar más problemas.
Al irme, pensé en la frase común “no te hagas los rulos”, usado tanto para decirle a alguien que no se ilusione. Y comprendí que muy en el fondo, bien bien atrás en la bolsa de ruleros, el ideal del pelo lacio es el reflejo de una esperanza, un deseo escondido que tenemos las mujeres y por el cual haríamos cualquier cosa –literalmente cualquier cosa- por mantener vivo.
miércoles, 20 de junio de 2012
Un muchacho y un sítar
Toqué el
timbre dos veces y esperé. Fui a verlo esa tarde porque algo me olía extraño. Esos
avisos fantasmas que aparecen desde el inconsciente para dar cuenta de alguna
cuestión que no encaja, algo que no hace ruido cuando debería sonar, un
revolotear constante de una sensación interna inexplicable. Cuando lo vi, supe
que era él. Estaba pálido y su casa también.
- Se fue.
Se fue como se va el verano, así sin aviso, y te agarra el frío de improviso y
vos no sabés donde dejaste los puloveres, porque los había guardado ella, claro
– y sonrió para sí con lástima.
Siempre fue
medio poeta, escucharlo era disfrutar cada palabra que salía de su boca como
caramelos, aún las cosas tristes.
- Quiero
emborracharme hasta no saber más de donde vengo.
Un poco ya
había empezado, a decir por los restos de botellas desparramadas por ahí que
nos miraban vacías.
- Sí,
quiero perder el conocimiento de todo, hasta de mi nombre, pero más de su olor,
su risa de reina tercermundista, su forma de bailar tan fuera de ritmo, todo, toda
ella, quiero perderla de mi memoria para siempre.
Miró por la
ventana y soltó una lágrima que yo percibí porque justo le había dado el
reflejo de la luz en la cara, pero hice de cuenta que no me di cuenta.
Verlo así
me dejaba muda. Yo creía como una visión general del género masculino que los
hombres no sufrían tanto por amor. Siempre enjugué ríos de ojos mujeres y
abracé cuerpos de sirenas abandonados por piratas inescrupulosos, tiranos del
corazón inconmovibles al amor, ludópatas de sentimientos ajenos que jamás
apostaron por el otro. Pero este caso había roto con todos mis preconceptos.
Había un dolor, había dos manos que hoy no tenían ese cabello para acariciar,
ni ese cuerpo para cubrir con su cuerpo.
- Lo último
que hice fue cantarle una canción. La escribí sólo para ella. Me dijo que fue
lo más cursi que escuchó en su vida y se fue dando un portazo. Tan fuerte que
se cayeron los cuadritos imitación Quinquela.
Tomó el
sítar, se sentó en el suelo y comenzó a tocarlo. Luego cantó:
Dulce intriga
Hoy repaso la vida
Azules y violetas
Bajo la luna amiga
Te desvistes de sedas
Acomodas tus ideas
Y luego callas.
Y él
también calló. Todo él era niño, hamacándose sólo en una plaza vacía y con los
pantalones agujereados. Los ojos me nadaban.
- Nunca
pensé que podías llegar a verme en este estado.
Eso era
cierto; él siempre fue el rey de las situaciones y regalaba sonrisas a
cualquiera que se le cruzara, incluso a los policías, cosa que yo admiraba
profundamente.
- Te vi en
estados más ridículos, pero estoy segura que ni te acordás. Igual creo que
estamos a mano, yo también protagonicé escenas patéticas y vos fuiste mi gran
espectador.
Eso le sacó
una sonrisa. Me senté al lado de él y lo abracé. Sellamos un pacto de riguroso
secreto y juntos cantamos “Viernes 3
A .M.” tomando vino del pico de la botella. Nos sacamos
una instantánea mental para reírnos en unos años de semejante cuadro de
sufrimiento.
Al
despedirnos en la puerta, medio borrachos los dos, me dijo que se iría a la India. Allí podría olvidar y
renacer. Y sería un mercader de especias, sólo para cambiar de hábito y ocupar
su tiempo en un oficio desconocido. Lo besé fuerte y mientras me iba le
recordé:
- A la vuelta traeme sahumerios.
lunes, 4 de junio de 2012
La Sra. Topa
Me recibió muy alegremente y me ubicó en la
mesa enseguida. Yo ya conocía su casa por haber asistido alguna vez a sus
picnics de primavera pero sentarme a su mesa me inquietó sobremanera; los
manteles lucían espeluznantes y tenía miedo de atragantarme con alguna arveja
si me detenía a mirarlos demasiado. Ella era una total anfitriona y cocinaba
muy sabroso, pero era absolutamente ignorante de esta cuestión fundamental.
Recuerdo que lo que más me había impresionado
era el tiempo que se había tomado para preparar el postre; era en una gran copa
que había heredado de una tía abuela, de hecho el postre se llamaba “Narcisa”
en honor a ella que había iniciado la tradición familiar. Eran tres perfectas
esferas de crema helada, nadando en un colchón de cerezas y salsa de chocolate,
obleas por los costados y tres cerezas más arriba coronando la obra de arte
repostera.
Yo había comido poco en parte porque el mantel
me intimidaba y en parte porque sabía que me iba a estar esperando en la heladera
esa escultural pieza dulce que parecía una barca navegando los mares hacia
paladares desconocidos.
Entonces fue a buscarlo y lo dejó frente a mí.
Me había dado la cuchara perfecta con el tamaño adecuado para cazar la porción
ideal de cada ingrediente y sublimar la sobremesa para siempre.
Qué hermoso ritual pagano, tomar la cuchara
despacio, hincarla en la bocha de helado mientras todo el resto se desploma y
con los ojos cerrados llevar el bocado hacia la boca ansiosa para menear la
cabeza de un lado a otro y no poder decir otra cosa más que la letra eme mil
veces.
Ella me escrutaba; era segura pero quería
obtener una opinión inequívoca y brutal. Yo dudé; en esos instantes me debatí
sobre el deber de la honestidad y el poder del azúcar. Le diría que me llevaría
un tiempo deducir el porqué de sus fracasos, con tres o cuatro almuerzos más y
con sus correspondientes postres de por medio.
- En mi paladar la gloria y en mis ojos el
mismísimo infierno.
Vencí la gula y traté de ser sutil diciendo
poéticamente lo que ya había pensado cuando todavía estaba tomando la sopa.
Ella me miró entrecerrando los ojos.
- Que los manteles son terroríficos.
Literalmente dan miedo. Así no hay comensal que resista.
Cruda verdad. De otra forma nunca iba a tener almuerzos o
reuniones sociales exitosas como ella pretendía. No tenía sentido de la estética
para algunas cosas muy obvias.
Extrañada, agarró la tela hasta llevarla casi
hacia sus narices, la miró bien, y se tapó la boca asustada. Era la primera vez
que los veía realmente, se levantó y empezó a caminar de un lado al otro
exclamando indignada contra sí misma. Fue un berrinche digno de filmarse, pero
yo no podía dividir mi atención entre ella y el postre, no quería bajo ningún
concepto que se derritiese, así que seguí comiendo, feliz por dentro.
Sacó de un aparador dos copitas y sirvió licor.
Se lo tomó como si fuera una medicina espantosa y con dificultad para su
orgullo, me habló.
- Jamás desearía que la gente vea esto cuando
está comiendo, es una total catástrofe.
Me pidió discreción al respecto si bien sobraba
agregar que todo el vecindario había visto lo que ya ni queremos nombrar. Le
sugerí que invente una festividad con un gran almuerzo al aire libre para los
vecinos, con una temática ecológica y absolutamente informal, donde todo se
comería con las manos y las mesas fueran de madera descubierta. Entonces podría
redimirse como la genial ama de casa que siempre quiso ser.
Cuando me fui de su casa esa tarde, deseé
oscuramente que en sus baños cuelguen toallas inexplicables o alguna otra
imperfección indeseable, para que vuelva a agasajarme únicamente a mí con el
mejor postre que comí en mi vida.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Alcanzando qué
En un gran cartel la promesa: “Las grandes obras de la
pintura universal ahora al alcance de todos”.
Inevitablemente pienso en la frase “al alcance de todos” y
es instantánea la imagen de hordas y hordas de personas estirando los bracitos
bien arriba, tratando de conseguir lo que le dicen que ahora está justamente
ahí, tan cerquita. Esa inmediatez se incrementa muchísimo con el agregado de la
palabra “ahora”, por lo que intrínsecamente uno lo quiere ya, ahorita mismo, no
mañana ni la semana que viene, que al ritmo que vamos faltan siglos. Entonces
las hordas y hordas todavía estiran más y más los bracitos, con los deditos
largos bien largos. Y todos se miran entre sí y sonríen ansiosos aunque estén
amontonados y apretujados; situación similar a la que ocurre en la entrada o
salida del subterráneo a hora de tumultos, pero que carece ésta de las sonrisas
en las caras o de los gestos de cuando uno la está pasando realmente muy bien.
En la práctica este cuadro sería realmente imposible, ya que una vez ubicadas las personas en
postura de obtener, cómo llegar al próximo paso, al hecho concreto de la unión
mano-fascículo? Tendrían que misteriosamente aparecer éstos desde algún lugar, quizás
el espacio infinito. Podría desatarse una lluvia de ejemplares que caería sobre
las cabezas de los solicitantes, como si otras hordas de seres humanos las
arrojaran desde un zepelín gigante. O que una mano descomunal –sin cuerpo, sólo una mano- apareciera flotando
y entregara a esas otras manos, sedientas de lo que les corresponde, las
benditas revistas.
Lo que queda claro es que éstas tienen que ser sí o sí las
mismas para cada uno, ya que en casos de muchedumbre la diversidad puede traer
aparejada caprichos de calibres varios, o empujones porque uno quiere el número
tres y por qué usted tiene ése y a mí me dieron éste que tiene dos páginas
menos, entre otra clase de pretensiones innecesarias pero que complicarían la
posterior evacuación en términos pacíficos.
Una vez obtenido lo prometido, lo que sigue son los rostros felices,
al fin disfrutando eso que antes no estaba disponible pero que ahora sí, y de
una manera tan simpática, tan novedosa! Y luego, todos volverían satisfechos,
hasta se dirían adiós agitando las revistitas con la mano mientras la Mona Lisa
les sonríe a cada uno y se espera con ganas otro llamado de la voz que regala.
Las ganas de trabajar
Ustedes saben que por más que no tenga
nada para decir, por algo estoy ocupando este lugar, así que ya saben lo que
tienen que hacer -concluyó.
Completamente antipático. Todos nos
miramos; la mesa era redonda así que no había lugar para miradas escapatorias.
Si la mesa hubiera sido rectangular y larga, quizás mirar de reojo podría tener
más efecto, pero para el caso era lo mismo. Más que mirar, había que pensar.
Pensar, trabajar y definir. Verbos muy intensos y que no deberían juntarse hasta
después del almuerzo, momento del día en el que ya no tenemos otra opción que
pensar, trabajar y definir.
Hilando fino sobre esta cuestión, no
sería del todo alocado pautar horas determinadas del día para hacer dichas
tareas con mayor efectividad. A saber, cuando uno recién despierta es el
momento de la lucidez total, las mejores ideas sobrevienen por la mañana,
cuando uno está fresco y el mentol del dentífrico todavía no enjuagó la
inspiración. Por una cuestión lógica, el segundo tramo del día debería ocuparse
con la acción del trabajo, donde uno expone todas las posibilidades y expone su
cuerpo –para abarcar todos los oficios y profesiones posibles- a la realización
de la tarea encomendada por uno mismo o, en la mayoría de los casos, por
terceros, muchas veces en forma de tirano de siete cabezas y cuerpo de
monstruo/belcebú/cerdo capitalista. De manera inevitable se llega entonces a la
tercera fase, coincidente con la fase final del día que es también coincidente
con el cansancio y las ganas y/o necesidad del ocio, a esto se aplica el verbo
definir. Definir lo expuesto para darle curso y llegar a los resultados, que es
adonde hay que llegar si uno quiere ser alguien en la vida o en el peor de los
casos, algo, o en el inútil de los casos, lo que sea.
Volviendo a las intimidades
jefes-subalternos, sería una invención muy productiva un adminículo receptor de
frases inútiles que pueda captarlas y silenciarlas para evitar ya sea el debate
inútil ya la dispersión de las demás personas hacia temas incongruentes o de difícil
puesta en práctica.
De todas maneras, hay que admitir que
los sectores empresariales no son muy duchos a la hora de crear y desarrollar
estrategias para mantener a sus trabajadores contentos. Por qué no implementar
un día de ocio para cada empleado cada diez días hábiles; el empleado puede
elegir el día que se le antoje y sentir que tiene la libertad de hacer lo que
se le da la regalada gana cuando en realidad tendría que estar trabajando, lo
que le infundiría una mayor satisfacción tener que asistir a su labor los
restantes nueve días. Vivir con desenfreno una jornada laboral que no es tal,
tener un día rebelde donde cualquier cosa que hagamos tiene regocijo doble
porque sabemos que nuestros congéneres están marcando su día a través de un
reloj y nosotros estamos afuera de la jaula bailando el vals del relajado. Por
supuesto siempre –siempre- con el deseo constante de incrementar la
productividad y hacer crecer la siempre bien ponderada industria del trabajo.
Otra buena frase para el receptor de oraciones inútiles.
viernes, 4 de mayo de 2012
The artist
Entonces agarró y me dijo pero estás loca. Pero y en dónde
se ha visto hombre. Una cosa es el crochet y muy otra a dos agujas. Una cosa es
un jaguar y otra distinta un guepardo. Habrase visto, esta manía de confundir
todo, de no percibir el detalle. Pero qué obscenidad. Una cosa es una cosa, y
otra cosa es otra cosa.
Fue tan determinante su declaración que debo confesar que me
intimidó. No sólo lo que me decía, sino su porte, su mirada, a medida que me
hablaba le crecían las pupilas y los ojos se le llenaban de líneas rojas, muy
delgaditas; lo que no estaba delgadita era la vena sobre su sien. Ah no, esa sí
que parecía una salchicha alemana. Llegué a la conclusión que si le mentía
sobre mi daltonismo incipiente, la vergüenza por su reacción desmedida más la
cólera que todavía lo embargaba harían la combinación perfecta para un cuadro
clínico, y tampoco estaba en mis planes pasarme la tarde en una guardia de
hospital con un déspota extremista. Sentaría de maravillas decir para la
ocasión “con ése que no conoce los grises”.
Yo me cuestioné por qué –siendo generalmente de pocas
palabras- tuve la excéntrica necesidad de conversar sobre la lluvia de colores
que inundaban el lienzo, tan simpático y absolutamente incomprensible. Claro
que desconocía a todo posible interlocutor y por supuesto, elegí al menos
conveniente.
Su descargo me asombró, un poco por lo inesperado y otro
poco por lo ridículo. Por un lado, es imposible imaginarse a este hombre copia
bonaerense de ogro tejiendo las mañanitas junto a la ventana esperando que la Providencia le acerque
las fuentes fundamentales de la creación plástica. Además –y en esto quiero la
absoluta sinceridad del lector- que levanten la mano todas aquellas personas
que pueden distinguir un jaguar de un guepardo. Se me ocurrió que una cosa es
un jaguar y muy otra una ferrari pero no creí oportuno el momento para mis
chistes tontos, aunque no pude evitar una sonrisa deformada, de esas que pujan
por salir a toda costa, como cuando en la época de escolar inexplicablemente
sobrevenían las tentaciones en medio del Himno y el discurso aburridísimo de la
directora.
La gente alrededor hacía de cuenta que no pasaba nada y yo
decidí hacer lo mismo. Giré un poco sobre mis talones y seguí mirando el
cuadro, así el artista se llamó a silencio, siempre observándome receloso. Me
alejé unos once pasos y contemplé; con un ojo en la obra y otro ojo de reojo
sobre él, viré mi cabeza de forma horizontal hacia un lado y hacia el otro, me puse
cabeza abajo cual péndulo humano desde el tronco hacia el piso para contemplar
todas las posibles ópticas y justo cuando empezaba a ponerse de todos colores,
sus mejillas y sus ojitos estallando como pomos de témpera aplastados por el
pie de un burro campestre, apuré el paso, tomé un canapé de pepino y me fui a ver
el río.
martes, 10 de abril de 2012
Quién es
Una tarde de sol, un té de jengibre en la terraza, los ojos
cerrados y cada tanto entreabiertos para chequear la posición de las nubes, el
silencio absoluto de la siesta de feriados. La ciudad descansa un poco y le
deja a los árboles el protagonismo absoluto del sonido. Abro los ojos, me calzo
unas gafas de un color entre lila y azul y me dispongo a leer algo para
destapar las vías pensatorias, para despertarlas del sedentarismo mental. Es
tan placentero leer como flotando, las palabras se tornan livianas y nos
envuelven como serpientes.
Y mágicamente suena el timbre. Si digo mágicamente no es
porque fuerzas paranormales hayan activado el sistema eléctrico de la campana,
sino porque de la nada misma aparece un dedo que toca y activa dicho sistema
cuando no debería ser así, igual que cuando un conejo sale de una galera. Cómo
se explica este hecho a simple vista ridículo? Por qué sale ineludiblemente de
una galera, y no de un gorro ruso –mucho más amplio y acogedor para el
animalito- o de una gorra rastafari, de enormes capacidades?
Asumo definitivamente que dicha llamada es equivocada y me
quedo quieta. No sé por qué pero mis ojos van de izquierda a derecha, como si
ese alguien fuera a aparecer por algún costado o como si éstos pudieran
determinar esos segundos de espera hasta el próximo timbrazo, esta vez
acompañado de dos o tres insistencias.
La forma de tocar el timbre es directamente proporcional al
nivel de ansiedad del ejecutante, sobre todo en casos de no espera y en donde
la urgente necesidad de asistir al toilette no está en juego. En dirección
contraria, dicha forma se ajusta convenientemente a mi capricho por no abrir la
puerta. Por ende, sigo aún sin moverme de lugar.
Pero la cantata llamadora chifla una vez más. Y empiezan
dentro mío los sones de esa práctica religiosa bien conocida como culpa, casi
remordimiento. Voy a la puerta porque ya es momento de resolver esta escena
pero me seduce primero echar un vistazo por la mirilla. Qué divertido es, cada
vez que lo hago me siento en una comedia de los años cincuenta vestida con una
falda roja muy amplia, muy hollywoodense todo. Ajusto tanto el ojo que me entra
vientito por la cerradura, pero aún así deduzco que no hay nadie. Ahora quiero
corroborarlo, ahora sí quiero saber quién es, o quién era, por lo que voy hasta
la puerta de entrada mientras pienso que justo que se han ido han logrado el
cometido de que yo abra la puerta. La abro y confirmo: nadie. Sólo un volante pegado
en la puerta que reza: “SI USTED QUIERE
SALVAR SU ALMA, ABRANOS LAS PUERTAS DE SU CORAZON”.
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