jueves, 20 de agosto de 2015

FRONTERA

Luego de deambular horas por el pueblo entro agotada al primer lugar que encuentro.
Me alimenta una sensación agridulce. Es gris la noche, grises las paredes del hotel y muy verdes todas las plantas que brotan del piso.
Hay muchas habitaciones. Pequeñas puertas y diminutas ventanas. Es como un gran edificio a cielo abierto con balcones de un lado y otro y en el medio y para arriba.
Mi habitación es tan estrecha que apenas entra mi valija entre las dos camitas y la puerta. No sé cuál elegir. Sobre una de ellas se recorta una ventanita con una cortina casi transparente.
Todo el que pase podría ver para adentro. Yo misma lo hice cuando fui del vestíbulo de entrada por los pasillos, unos treinta o cuarenta metros. Sin pensarlo miré a todas de reojo.
Dejo la valija y salgo a buscar el baño. Hay seis pisos para arriba y ropa tendida de las barandillas. Siento movimiento pero no veo a nadie. Hace calor y el ambiente está pringoso, con olor a barro y colonia.
El baño es una gran habitación en el medio del patio corredor, entre los dos pasillos principales. Tiene una ducha, un inodoro y un espejito redondo sobre el lavatorio.
Me limpio la cara de polvo y sudor. Hoy vi tantas otras caras caminando enloquecidas, llevando cajas y bultos y chocándose en las calles angostas. Personas bajo un sol abrasador, cargadas como burros a un lado y otro del puente más largo que pisé en mi vida. Y al final del día, sentados en grupos la cerveza corre como agua y las bromas para olvidar todo y los cigarrillos más baratos. Alrededor todo bulle, en constante movimiento: carretillas, camiones, autos, puestos de todo tipo, vender vender vender.
Vuelvo al patio con un cigarrillo y me siento bajo mi ventana.
Hay tanta vegetación que el lugar me desconcierta. Es como si hubiese sido construido sobre un monte o una selva y las plantas explotaran del suelo entre los mosaicos. Los pasillos están divididos por paredes naturales abundantes y altísimas.
A unos metros de distancia, una puerta se abre. Una pareja fuma y retoza adentro.
Apago el cigarrillo y me voy a la cama en la penumbra. Contemplo las líneas que la luz dibuja a través de la cortina y recuerdo la botella que compré esa tarde en el mercado. Le doy un buen trago y celebro su gracia reconfortante.
Afuera, puertas que abren y cierran, murmullos, pasos. Silencio. Más huéspedes. De dónde llega gente a cualquier hora? Por qué están fuera de su casa ahora, en la noche cerrada?
Yo sé que estoy volviendo pero, y los demás?
En alguna habitación, alguien llora. Son burbujas de sonido ahogadas que atraviesan las paredes. Un quejido débil, envolvente, femenino. El murmullo gutural e invasivo del hombre esconde la fragilidad del reclamo. Es un momento de discusión. Quizás unos amantes que se reencuentran furtivamente y discuten, quién sabe.
Se despierta en mí una curiosidad morbosa. Hay algo sensual en ese juego sonoro que me mantiene atenta. Mi apetito procaz los imagina pelear y luego gemir como locos en una reconciliación explosiva. Que despierten a todos los pasajeros y que no les importe nada. Que tenga que venir el conserje y que no se atreva a golpearles la puerta, ruborizado del sexo furioso y salvaje que están teniendo estos dos.
Mientras, hay llanto y discusión y luego silencio otra vez.
Es inútil que intente concentrarme en dormir, por ejemplo. Mis oídos y mi atención están afilados.
Salgo al patio a fumar. Noto que el llanto viene de un piso más arriba y es ahí donde puedo atisbar la silueta de dos personas en una ventana al fondo.
Están cara a cara pero no puedo escucharlos, se mueven por la habitación y vuelven a gesticular casi pegados. Esa cercanía tan íntima aunque sea para gritarse u odiarse significa que hay carne, o que hubo de todo también de lo bueno. No son dos desconocidos que viajan por negocios. Mueven los brazos, las manos. Un forcejeo y sucede. Las siluetas se pegan y se desdibujan. Se transforman en una sola que cambia de formas en sacudones impetuosos.
Yo fumo despacio. No puedo dejar de mirar. La masa sensual es ahora una medusa gigante de brazos que se tocan frenéticamente, arrinconados contra la pared.
Sus respiraciones son ínfimas, lejanas, sólo yo puedo oírlos acá afuera. La noche está calurosa y entre las plantas me siento en la selva, todo verde y animal y espeso.
Prendo otro cigarrillo mientras apago el anterior. Estoy ansiosa, algo borracha. Quiero verlos. Sí, claro. Quiero dejar de imaginar lo que está sucediendo y espiarlos sin que se den cuenta. Un espectáculo único y privado para mí. Verlos a través de la cortina sacudirse uno dentro del otro como bestias ciegas. Es demasiado. Tengo que hacerlo.
Subiría por una de las escaleras con discreción. Buscaría el mejor ángulo para ver, quizás la ventana, o la mirilla. En todo caso, debería apurarme antes que todo termine.
Me levanto y voy hasta el pasillo de los amantes. Ahora los escucho mejor; sus respiraciones bruscas se acercan al vacío. Me detengo muy cerca de la ventana. Sé que podrían verme pero esa sospecha me agita aún más.
La espalda que puede ser de hombre o de búfalo se sacude sobre la mujer poseída y entregada. Tiene los ojos semi abiertos y su cara muestra un placer extraño. El hombre tiene sólo su pantalón, abierto en la zona más importante. Su brazo gigante la toma bien fuerte y ya no puedo verla. El búfalo se agita cada vez más rápido. Resoplan, gruñen, la mujer lo estruja contra sí y luego el final en caída libre, la guerra terminó.
Enciendo un cigarrillo y me siento otra vez entre las palmeras. La noche está hermosa para emborracharse.



                                          Bea Nettles, 1976

martes, 23 de junio de 2015

Quién hizo E.T.?


- Recuerdo que una noche estábamos cenando con Steven y le dije estar seguro que una película con extraterrestres sería un sensacional éxito. Era la moda de las de ciencia ficción y usar efectos especiales y naves sería una explosión de taquilla. El me miró serio mientras masticaba un trozo de bicharraco de mar y me dijo que iba a pensar sobre el asunto. Después de eso me despidió, unos días más tarde. Yo tenía problemas con mi pasaporte ya que había venido de Nicaragua hacía unos cuántos años y no había renovado mis papeles. Él lo sabía y creo que me jugó una mala pasada. Se ha tomado mi idea y me ha echado de patitas al agua! E.T. es mi hijo! Ha salido de mi mente y de mi corazón. Cada día me levanto y veo esos ojitos tristes que me dicen “Héctor... casa, Héctor... teléfono” y sé que debo luchar para darle a él la verdad que se merece, después de tantos años de mentiras y merchandising barato. Señor Juez, créame cuando le digo que yo sé lo que es ser un paria, como ha sido E.T. en esta película que el tal señor Spielberg se adjudica. Ese prodigio de otro planeta, pues me pertenece, y haré todo lo que sea necesario para darle un hogar en esta bendita América!.

- Silencio ya! - el juez, aburridísimo, golpeó el martillo contra su escritorio y se echó para atrás en el asiento, casi dispuesto a echar un sueñecito -. Suficiente, Sr. Pérez. Ya hemos oído bastante. - El juez mira su reloj -. Que pase el acusado y vamos terminando este asunto, qué diablos – le da un sorbo a la petaca que tiene bajo la toga y golpea el martillo otra vez -. Veamos señor... señor... cómo era? – el alguacil le dice algo al oído -. Oh sí, sí, cierto, Sr. Spielberg, claro. Adelante, por favor.

- Uuumh, bien, en realidad yo nunca he compartido ninguna comida con este hombre. Héctor ha sido simplemente mi chofer. Recuerdo que estábamos parados al costado de la carretera porque el auto se había averiado y mientras él cambiaba no sé qué cables yo comía la ensalada de atún que la productora me había dejado en la nevera portátil. En ese momento, oh, bueno, sí es verdad, él me dijo que hacer una película de ciencia ficción con extraterrestres sería muy atractivo para el público y que llenaría todos los cines del mundo, pero que coños! Yo ya estaba haciendo esa maldita película. Además ya había rodado “Encuentros cercanos del tercer tipo” con gran éxito. Por otro lado, yo no sabía que Héctor había nacido en África o algo así, ni mucho menos que tendría problemas de papeles, sino no lo hubiese contratado, diablos! Pero él ya sabía que yo estaba filmando E.T., cielo santo! Si oía mis conversaciones! Una tarde mientras me llevaba al set me dijo que el robot que encarnaba el papel de E.T. era muy parecido a él mismo de pequeño y que creía que era su reencarnación. Dios, pensamos que este hombre era un maniático y junto a los productores decidimos desafectarlo de su puesto. Estábamos realmente asustados. Cuando llegaba al set y veía desde afuera al muñeco, comenzaba a actuar extraño, como un zombie hablando en vudú o algo medio africano, o árabe quizás. Realmente temimos por el pobre robot, y por nuestras vidas, por supuesto.

- Okay, okay, Sr. Spielberg... - el juez vuelve a mirar el reloj y resoplando golpea el martillo. – Páguele al Sr. Pérez quince mil dólares y un tazón con una fotografía del dichoso muñeco y devuélvanlo a África o donde sea que quede ese bendito país. - El juez se levanta mientras se oye a lo lejos “soy de Nicaragua, de Nicaragua”, le pide un autógrafo a Steven y sale tambaleándose.

Extracto del juicio más ridículo del mundo “Héctor Pérez Echarpe c/ Steven Spielberg”



miércoles, 27 de mayo de 2015

Necesidad / Bisogno / To need

Las relaciones no se cultivan a través de la necesidad.
Si hablamos de cultivar, ponele que pueda ser una planta. Claro, vos me dirás, la planta requiere agua, es decir, necesita de vos para que la riegues, te necesita.

No sé si es tan así. Mirá, las plantas existen, me atrevo a jurarlo, desde antes que los seres humanos. No nos estaban esperando para sobrevivir. Nacen y conviven en la tierra que las riega cuando puede, y crean una relación inequívoca de amor.
La tierra las cuida, la tierra se ocupa. Y así debería pasar con las personas. Cuidarse, ocuparse. Sin cadenas invisibles.
Una persona necesita descansar, por ejemplo. O necesita comer, para seguir viviendo. Pero no necesita al otro, no requiere, no precisa, no demanda.

Estas palabras van de la mano con el verbo “obligar”, que es un término que inventó alguien para poder someter a otro, es como mirarse el ombligo sin eme.
Si en algún momento tuviéramos que usarlas, debería ser para cosas de vital importancia:
  • Debo descansar y reírme sin parar.
  • La vida me obliga a ser feliz.
  • Estoy obligado a irme de vacaciones y disfrutar.
La necesidad no es un vínculo sano, es una obligación para con el otro, es un peso, un ahogo. Las personas necesitan aire, agua, sol, igual que las plantas.
El amor, el compañerismo, el aprecio por el otro, son como el acto de regar. Incondicionales.













miércoles, 4 de febrero de 2015

Animales

Viendo hoy lo que somos, no podría esperar menos.
Si soltara el globo en blanco que navegó mi vida por tanto tiempo o
si arrancara la página no escrita de tantos sentimientos encontrados,
seguramente volvería a garabatear con la misma letra.
Guardo en un cofre en un océano en otro mundo los momentos más ocultos
de nuestra vida de guerra. Y una guerra que también es paz,
es aplauso, coraje, herida y regalos en la última estantería.
Te tomo la mano y tu calor me conmueve.
Cruzamos puertas y ventanas a distintos lugares y nunca nos perdimos de vista.
Y en esa travesía iracunda confiamos como animales que somos en la ruta a seguir.


Somos la pregunta que llena los días,
El sueño que da batalla a tantas vidas redimidas.
Elegimos sin opción este caleidoscopio de mil colores,
Un carrusel agreste lleno de papel barrilete y canciones de medianoche.
Abrimos los ojos al mismo tiempo y nos vemos en el otro,
Un reflejo que permanece y navega suave en las pupilas,
tibio nos adormece el verano asomando su nueva vida.









a mis amigos
a los que siguen sueños
a los que creen
a los que siguen a pesar de todo



lunes, 29 de septiembre de 2014

Espionaje fantasma




Mi cocina es un pequeño cuadrado rodeado de mueblecitos, heladera y mesada con su alacena correspondiente. Tiene azulejos blancos que llegan hasta el techo, pero éste no es tan alto como el resto de la casa.
Hace un tiempo, no puedo precisar bien cuánto, tres azulejos de un lado de la pared se levantaron misteriosamente. Como un fenómeno físico complejo, una presión salió de algún lado y se condensó en esos pequeños cuadrados de mosaico de ocho por ocho.
Fue un movimiento silencioso y fugaz, pero concreto. Como la flor que abre en las primeras horas de la mañana, los azulejos también se abrieron, aunque no podría precisar bien el momento.
Otra vez. Tienen la astucia necesaria para asomarse en los lugares más impensados, pero a mí no, no señor. Los he descubierto en otras oportunidades y siempre vuelven.
Es difícil confesarlo, pero deben saber que detrás de este simple detalle casero estoy siendo observada.
De una manera muy tecnológica se envían cables bajo tierra con una cámara en su inicio para ubicarse subrepticiamente en la cocina -como es mi caso hoy- bajo un seudo diagnóstico de humedad del cemento.
El comportamiento de estos cables con cabeza de cámara es igual al de las serpientes ciegas, que van abriendo un camino subterráneo hasta llegar a su objetivo. Una especie de submarino interpropietario que tiene su base muy pero muy abajo en la tierra y cuyas ramas-cables florecen penetrando en cada casa, cada intimidad, en silencio.
Las películas de ciencia ficción lo cuentan desde hace tiempo y ahora ya pasó al campo de la realidad. No tengo dudas.
Mi reacción inmediata cuando lo detecté, fue actuar normalmente. Como si nada hubiese cambiado la rutina del día.
Desde el living intenté encontrar alguna luz u otra señal de estos espías pero la separación entre los azulejos es muy estrecha. Todo está muy calculado.
Son dueños de una tecnología superior, eso es apostar y ganar. Además de toda la logística robótica que se utiliza para instalar estos ínfimos ojos, existe otra de orden psiconeurológico, que los hace pasar desapercibidos.
Una infraestructura enorme de paneles, botones y máquinas acumula información y luego es vendida a cifras estrambóticas, a personas sin cara y con muchos maletines.
En mi casa, por ejemplo, yo los encontré entre los azulejos, pero vaya a saber dónde estaban antes de eso. No es la primera vez que aparecen, por eso no me inquieté tanto.
Sin llegar a un estado de alerta puedo darme cuenta de su presencia, como cuando se cayó una maderita del zócalo del patio. Cada tanto los atrapo, sin levantar sospechas, como esa vez que clavé la maderita con cuarenta clavos enormes.
Cocina, baño, living, patio. Cualquier habitación puede ser el próximo asentamiento. La variedad en la rotación de las habitaciones pretende desconcertar, pero yo estoy muy atenta.
Pequeños detalles hogareños que cambian en un instante. Percances caseros que creemos comunes o cotidianos y que significan la obvia instalación de este sistema voyeur.
Por supuesto, yo no soy la única. De visita en casa de cualquiera enseguida puedo notar si ya ha caído bajo las redes subterráneas de espionaje fantasma. Le doy este nombre porque es el título más explicativo para entender las dimensiones del fenómeno.
Cuando compruebo esta peculiaridad, no digo nada así no altero la paz del que allí vive; pero sí le sugiero calurosamente que repare el “daño” que tiene su pared o zócalo o lo que fuere.
Tantas coincidencias en lugares diferentes con gente que no tiene nada que ver entre sí reafirman este secreto, que creo sólo unos pocos conocemos.
Imagínense si absolutamente todos supiéramos que hay microojos mirándonos, ahora, en este mismo momento.
Habría personas que no lo creerían, que se reírian a carcajadas o que elegirían ignorar el asunto para no levantar la perdiz y vivir más tranquilos.
Sin mencionar a los que me tildarían de loca o paranoica porque así es más fácil la negación del asunto.
Por eso hay que estar atento a cualquier cosita rara que aparece en la casa. Cualquier falla absurda puede ser una instalación incipiente. Nada que no se resuelva con disimulo y martillo, cemento de contacto y unos buenos clavos. Por ahora, al menos.

jueves, 24 de julio de 2014

Una función doble


Qué ganas tenía de verte, de tocarte, no sabés.
Me pasa con casi nada y casi nadie.
Te quería de nuevo enloquecida como sos,
Con tu catarata fluyendo como burbujas
Y tus idas y venidas, tu medio hacer, los sí y los no.
Es que me pasaron tantas cosas estos tiempos.
Una aventura tan grande llena mis días hoy
Que no entra en las palabras ni en las letras.
Un abecedario nuevo estoy creando
Un lenguaje secreto que no develaré a extraños
ni traspasará muchas fronteras.
Pero a vos sí, a vos te lo cuento porque
Puedo abrazarte y soltarte y siempre reís.
A vos te puedo dar papeles, helechos y
confites y sé que vas a hacer una escultura pop.
Sos un garabato que se dibuja sus trazos
todos los días al rayo del sol.
Por eso te extrañé, porque sos vos nomás.
Y ahora que de verdad sé lo que es luminoso,
te quiero más, sólo por capricho, porque sí.
Ahora es más fácil. Ahora es ya.

Dudame
Debilita el deseo
Sublime o denso
Desenvuelve
Los días, los dedos
El dije y la diadema
Doblegados en si bemol
Dar
Doler
Decir
Definiciones en solfa
Uno en diluvio interior
Únicos de a dos.

viernes, 4 de abril de 2014

Palabras a mi tío

El hombre es.
Vive como puede, vive como quiere.
Deja atrás todo pasado feroz.
Mira adelante
pero no se pregunta qué viene.
La carcajada máxima
que despierta todas las carcajadas.
El hombre cuida su nido
y los nidos de más allá.
Saltimbanqui generoso
con tu ópera de siesta
descansabas tus penares
para no compartirlos con nadie.
El hombre ya no es.
Hoy es más, es otro.
Hasta siempre, hombre de la risotada.



A Samu, con cariño.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Digresiones


En primer lugar, dejame terminar. Cuando puedo darle forma a eso que estoy pensando, la situación se vuelve un poquito más llevadera, viste. Tengo un montón de cosas para decir, después de todo y antes que nada. Pero tengo que ordenarme, sino esto es puro palabrerío y luego ni me acuerdo para qué te pedí que habláramos. Claro que vos también podés decir algo si tenés ganas, pero sabemos que al final termino hablando sola, en definitiva es un poco así. No quisiera hacer un monólogo, esperá un poquito. Quiero muchas cosas; por ahí es ése el titular que le podríamos poner. Podemos ver en qué deviene la charla para saber cuál sería el título de todo esto, si te parece.
En segundo lugar, siempre decís que no me entendés, por eso pensé lo de titular. Pero yo sé que soy clara cuando hablo a pesar de que me voy por las ramas. Aunque más que por las ramas podría irme por las cañerías o por la ruta derecho o por la tangente, que no me acuerdo bien que era pero sí que era algo de matemática, o geometría, y nunca entendí bien para que me iba a servir eso en la vida si no estaba en mis planes descubrir fenómenos físicos o inventar cosas. Seguro si hubiese elegido esto último serían cosas que sirvan para la humanidad. Cosas altruistas y simpáticas. Ah, sí, porque si hay algo que soy, es simpática, claro que sí.
Eso me lleva al tercer lugar, que corresponde al dedo medio. Cuando me conociste dijiste pero qué simpática que sos, así a secas. Y a pesar de esa aridez tuya, de esa cara de sota que debajo del vestuario no lleva nada puesto, desde ese día yo no pude pegar un ojo. Y es graciosa la frase si la pienso en sentido literal, porque realmente veo un pincel con pegamento que bordea la línea del ojo donde salen las pestañas y luego los dos párpados adherirse, sellarse, cuando a mí me pasa exactamente todo lo contrario a eso. Porque te imagino y los ojos se me abren más todavía. No sólo los párpados siento, sino todo el iris ajustándose, siento la pupila y la retina actuando como locos, la córnea y el músculo ocular casi sudando de tanto trabajo. Como esas factorías de los dibujitos animados que de repente activan todo su engranaje cuando reciben combustible.
Por eso en cuarto lugar, ratifico, reitero y remarco que claro que soy simpática, pero también soy de fruncir el ceño y mirar de costado levantando mi ceja derecha. Si acostumbrara usarlo, completaría la foto con un escarbadientes en la boca y caminaría muy lento, desafiando al sheriff y toda la paparruchada cowboy. Lo que sí quiero aclarar es que no usaría un caballo para atravesar los desiertos o montañas; tendría que elegir otro animal porque les tengo un poco de miedo, así que ahí tengo un tema a resolver, lo admito. El asunto del galope me interesa de todas maneras.
Así llego al último y quinto lugar, por esto de atravesar los paisajes. Si pensamos el verbo en sentido literal otra vez, cuántas acciones abarcamos con ese concepto; es un juego gramático fabuloso. Mezclar, traspasar, impregnar: a cuál más provocador. La acción que mencioné hoy, la que se hace cuando te subís a un caballo, por ejemplo, podríamos practicarla, para ver cómo sería. De hecho tengo una bonita melena. Podemos jugar a crear animales mitológicos y de paso innovar un poquito. Vos tenés algo de centauro, si me dejás puedo probar y quizá hasta cambio de parecer con esos bichos. Empecemos ahora, mejor. Por ahí es momento de parar con la cháchara y chocar, chorrear, chapotear y chisporrotearnos en chantillí mientras nos chantajeamos sin chaleco ni chiripá.


viernes, 21 de diciembre de 2012

Una existencia pequeña


Un dedo índice presiona un botón y suena un timbre. En la espera, él y sus colegas de mano rascan una mejilla un poco seca por el frío de la tarde. El dedo aguarda, y mientras tanto, golpetea contra la pared de ladrillo a un ritmo de dos por cuatro. Luego se dirige –sin lugar a réplica- hacia la boca de su dueño y saca de entre los dos dientes superiores delanteros restos del chocolate con almendras que éste degustó hace un rato. Lamenta tener que encargarse de las penosas tareas de limpieza de las partes del cuerpo en el que le tocó vivir, sintiéndose un poco héroe y un poco víctima.
Piensa en el destino de otros índices que, como él, no tuvieron la oportunidad de elegir su dueño y, si bien reconoce que en la intimidad todos los dedos son iguales, algunos tienen más suerte que otros.
Cómo habrá sido ser ése que fue levantado en el fragor de un discurso político revolucionario, o el que sostuvo la lapicera para firmar el tratado de paz más importante de la historia? O qué sintió el dedo de Jimi Hendrix o Astor Piazolla cuando se dio cuenta que hacía magia?
El que sostuvo el pincel de Da Vinci, o rascó la sien de Darwin cuando trabajaba sus teorías, o el dedo de Vito Corleone que daba las órdenes en italiano; a ellos admira.
Mientras hurga en la oreja derecha de su propietario, imagina qué hermoso hubiese sido escarbar las arenas de Egipto en búsqueda de la tumba de Tutankamón, o al menos remover el fondo del océano buscando la dorada Atlántida.
Su existencia está signada por el aburrimiento: tocar botones, interactuar con partes del cuerpo en una rutina un tanto desagradable, alguna que otra vez acariciar partes de otros cuerpos, señalar algo que pasa, o ayudar a sus compañeros a agarrar cosas. Pero no mucho más que eso. Él observa a sus otros colegas aceptar sus tareas sin ningún tipo de rebeldía, en absoluta resignación con lo que les tocó ser.
Recuerda que despertó de su letargo una tarde, cuando esperaba que lo envuelvan en yeso por una fractura de mano que había sufrido su portador. Vio a una enfermera y el maternal dedo apoyado en sus labios carnosos inmortalizando el símbolo del silencio en una fotografía. Ya la había visto en otra ocasión, pero la quietud enloquecedora de esas semanas enyesado le había instalado la imagen y la pregunta una y otra vez: cómo trascender?
Si fuera por él, rompería con la frase “no mover un dedo” y le demostraría al mundo el poder que tendría, la capacidad de acción con la que cambiaría algunas cositas con las que está disgustado.
Sería capaz de reunir las fuerzas necesarias para cambiar su destino? Podría empujar al resto de sus compañeros, al cuerpo entero y por ende a su portador, a darle un significado importante a su vida?
Mientras cree encontrar la respuesta, el pobre dedo es apretado torpemente por una puerta de madera. Dolorido y con su extremo superior a punto de explotar, olvida sus cavilaciones y sólo grita internamente por un analgésico que le calme el suplicio y lo ayude a dormir.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Malos pensamientos


Sólo un deseo pidió Juana al soplar la velita.
Lo único que le importaba era ésa utopía, que el ciclo del universo cambiara según los pronósticos pseudo apocalípticos y que se realice la magia: que todos los allí reunidos se callaran la boca. Sí, que hagan silencio, que hablen cuando tienen que hacerlo (entiéndase opiniones sinceras, comentarios positivos o palabras de afecto o consideración), y que si en su defecto esto no ocurre, que sigan callados. Que se guarden el caudal de malicia, que se aguanten su envidia, su frustración y que en lo posible, se atraganten con ellas.
Concentró toda su energía en un soplido poderoso, de esos que derriban árboles eternos, como en los cuentos fantásticos. Juana posee, a pesar de sus veintitantos, cierta inocencia que pugna por no desvanecerse y eso le da fe: acentuando el ritual del soplo rogó el mutis general, apostando a que fuera instantáneo.
Un segundo de suspensión, la penumbra de la vela apagada, aplausos, saludos y otra vez el parloteo. No funcionó. Otro deseo perdido y por eso, aún más anhelado.
Tomó la cuchilla y la espátula, un poco decepcionada, y se dispuso a cortar el pastel. Los invitados seguían charlando, opinando sobre la vida de tal o cual, o peor, sobre la vida de la propia Juana (en su propio cumpleaños, no hay derecho, debería haber un poco de auto censura, pero no).
Mientras hundía con una siniestra suavidad la hoja filosa del cuchillo, Juana se preguntó qué pasaría si hiciera lo mismo con la campera de su prima Celeste, que desde chicas se burla de su gusto particular para vestirse.
Una sonrisa ácida se le clavó en la cara al pensar en los garabatos que le haría a la bendita campera con la puntita -sólo la puntita- del cuchillo, y ver las plumas, presas en su interior, salir desesperadas en busca de oxígeno. Luego, juntaría todas las plumitas, que son muchas, y se las pondría en la boca a su tía Felisa y a su otra tía Fabiola, ya que si por lo menos no tienen pelos en sus lenguas, tengan algo que se las suavice un poco.
Con ese cuchillito también cortaría el mantel bordado tan afanosamente por mamá Susana mientras esperaba feliz a aquél hombre que la llevó al altar, y que luego se fue a recorrer otros altares con otras mujeres; y que luego regresó y volvió a irse, unas cuantas veces, siempre en algún coche nuevo.
   -          Ah sí, qué lindo quedaría el auto de papá con toda la goma espuma de las butacas a la vista -fantaseó Juana– como si hubiese nevado adentro, una pesadilla para la aspiradora. Y el cuero todo rasgado como si una pantera hubiese bailado malambo sobre los asientos. El auto recién encerado, con olor a lavanda, tu orgullo personal, víctima de un cuchillito justiciero.
Juana terminó de servir a todos, y fue sola con su platito a sentarse a un rincón, evitando sociabilizar.
Sus amigas Laura y Lorena discutían falsos conocimientos sobre política y las teorías sobre por qué el mundo es una porquería, y tuvo el impulso de reventarles el plato de torta en la cara con la misma vehemencia con la que ellas militan en las redes sociales. Calculó la distancia y dedujo que desde ahí les llegaría un gran impacto que las desmayaría, por lo menos, pero necesitaba otro plato bien abundante para realizar una descarga simultánea.
Sin embargo, observando a su tío Armando y su tercera mujer, dobló la apuesta. Tomaría el mantel de mamá todo acuchillado y los metería a los dos, como los Hansel y Gretel del bosque del infierno, y cual deportista olímpica los revolearía lo más lejos posible, amordazados para no contaminar el aire con las comentarios castrenses de ella.
   -     Sí, vuelen y mátense sin testigos. Les regalo un pasaje en un mantel con ventilación y garantía de calidad en el arribo. Adiós, en la próxima vida si se odian sean valientes y sepárense.
Probó un bocado y el sabor dulce de las frutillas la empalagó. Le había dicho a su amiga Daniela que ya no le gustaban las tortas con frutas, pero ella hizo lo que quiso. Quizás, si agarrara la torta entera y la estrellara contra la pared, y luego tomara a Daniela y a su novio sin carácter de la nuca y los hiciera limpiar el enchastre con la lengua y la cara, juntando no sólo preparación sino también pintura, revoque y cemento, comprendería que no era lo que ella le había pedido.
Luego agarraría la cola de burro (si hubiera) y los cuernos de alce (qué buen complemento sería para un cumpleaños) y se los encarnaría a su otra amiga Julieta en la boca, sin anestesia ni preguntas previas, para evitar nuevamente su cuento de hadas con príncipe perfecto en castillo de barrio cerrado, que a esta hora debe estar siendo agitado por hordas de ebrios escuderos y plebeyas desnudas.
Juana se dio cuenta que toda su ingenuidad había quedado pegada a la espátula, que su tolerancia se había desvanecido como la llama de la velita. Sin transición, su deseo de silencio había germinado hacia otros deseos menos santos. Toda su vida estuvo escuchando, gentil, atenta, y ahora ya no tenía más ganas. Estaba agobiada.
Se dirigió hasta la mesa, se sirvió una copa llena de vino y la bebió de un trago. Miró a su alrededor, su prima le estaba hablando pero no le importó. Tomó la cuchilla nuevamente y la sostuvo, dudosa.
Observó el brillo de la hoja metálica, la firmeza de su mango de madera, la perfección de su filo. Descubrió su reflejo en el acero. Miró el mantel, los sillones, la ropa en el perchero del recibidor, la torta inmunda.
Fue hasta la cocina, abrió la canilla y con cuidado, lavó suavemente el utensilio. Lo secó hasta sacarle brillo, y despacio lo guardó en el primer cajón.
   -   Mejor quedate durmiendo acá – le dijo en voz baja acariciándolo – me estás tentando a hacer muchas travesuras.
   -   Pero sería muy divertido. No lastimaríamos a nadie, sólo un poquito a algunas cosas, se lo merecen, no te parece?- incitó la cuchilla juguetona - Sería algo nuevo para mí, siempre cortando comestibles, podría hacer un trabajo excelente, no te vas a arrepentir, probemos!
Juana cerró con fuerza el cajón. Mejor dejar de escucharla ahora, antes que la siga seduciendo, aunque quede gritando ahí adentro. Le gustaba regalar a los demás nuevas experiencias, pero quizá en este caso no era conveniente.
Volvió al comedor y se sirvió otra copa de vino. A lo mejor, había estado exagerando un poquito.



miércoles, 7 de noviembre de 2012

Soltar


Ana se levanta del sillón y se va a mirar al espejo. Mira sus rulos gitanos y su nariz importante. Se acerca a su reflejo para jugar al cíclope con ella misma, para no pestañear por un buen rato. Sabe que así se le llenarán los ojos de agua. Necesita que le ardan los lagrimales para poder activarlos, a veces el llanto no le sale naturalmente.
Hace varios días que Ana no duerme, porque piensa en él ahora más que nunca, ahora que no se lo merece para nada. También piensa en la canción de Spinetta y eso la tranquiliza un poco. Trata de cantar otra de sus canciones y se estremece al reconocer la sabiduría de un hombre tan simple. 
“Como quisiera una poesía para mí”, susurra, y eso la hace sentirse muy sola.
Cada noche descubre en su cama una acuarela borrada de momentos, en su almohada oye la arena que le corroe la piel, entre las sábanas se mezclan sus piernas y su melancolía. Y se levanta. Para qué insistir en conciliar el sueño cuando no puede reconciliarse consigo misma.
“O también quisiera volverme un velociraptor, ir donde esté, capturarlo con mis garras peligrosas y llevarlo volando hasta la cima de cualquier montaña y que no pueda bajar y que no le quede otra que estar conmigo”.  Pero sabe que, además de improbable, sería una declaración de guerra.
Cierra los ojos y se acaricia la mejilla como se la acariciaba él, con los cuatro dedos flojos y de abajo hacia arriba hasta llegar a su pelo, donde siempre se enredaban hasta despeinarla. No es lo mismo, pero se conforma con eso.
La ventana baila y Ana se apura a cerrarla. Medita sobre la diferencia de las veces que se utiliza la palabra cerrar. Cerrar un libro al terminar de leerlo y sentir que la modificó en algo; cerrarse la campera para no pasar frío mientras camina por el otoño del Parque Lezama; cerrar un frasco de mermelada de frutilla con los dedos embadurnados y contentos; cerrar la puerta y decirle adiós a él, hasta siempre a tanto amor difícil, chau, y que nos vaya muy bien, ojalá.
Cuando él se fue, ella estaba despertando. Ya los dos sabían que no querían juntos todo lo que antes querían, que estaban usando otras máscaras, que poco a poco su amor se había diluido en un mar cada vez más seco.
Lo vio sentado contra la pared, al lado de la puerta, despidiéndose en silencio de esa casa que tanto lo oyó reír. Luego se levantó, se acercó a la cama y la besó en la frente. Se abrazaron y se amaron por última vez, lo sabían, la última vez que es eso como soltar lo que no queremos que se vaya, ese globo brillante en ese parque dulce en una tarde tibia llena de flores.
Y lo dejó ir porque sabe que es mejor así, que se deslice hacia otros cielos de otros parques, siempre curioso, siempre volátil; y así él también la soltó, llevándose consigo su suavidad y su pelo de zíngara, ambos dudando pero sin pensar más.
Ana sabe que vendrán otros a quien amar, otros que tomen su cuerpo de mujer frágil y la vuelvan guerrera, bailarina, o nómade.
Soltar. Dejar ir para volver la mirada al presente. Despertarse es eso, pero Ana aún no puede dormir. Abrirá los ojos muchas veces antes de lograrlo. Será una sonámbula atenta, un búho en el monte desordenado de su cama. Y seguirá cantando canciones hasta que el cristal de sus ojos se rinda y pueda por fin, ella también, volar libre.




miércoles, 24 de octubre de 2012

Sorpresa


Esta vez sí me quedé sin palabras. Esta vez me quedé muda, con los ojos bien abiertos con un poquito de agua. Me quedé sin palabras, sin resistencia, con la boca abierta como una rana que no espera el chaparrón.
Y es que viniste con ese tu mundo, tan lleno de sonrisas y claves de sol y paquetes de galletitas dulces hasta empalagar. Y me llenaste el hueco ése que tenía vacío, que eran muchos huecos vacíos y sonaban con un eco que se iba perdiendo lejos lejos hasta que lo escuchaban del otro lado del mundo.
Yo no quería tanto. Yo no esperaba tanto. Yo no esperaba nada, pero quizás todo, sí.
Desarmaste mi mundo de guerrera indecisa con tu andar de saltimbanqui inteligente. Rompiste las barreras de sonido de mi fuerte indestructible para construir la melodía de verano que día a día nos despierta.
Con la guitarra en las manos una vez cantaste tantas cosas que ya no me acuerdo nada, sólo sé que me hipnotizaste como un encantador de serpientes y luego me miraste, me miraste tan intensamente que supe que ya podía tomarte de la mano siempre y no soltarte jamás, porque vos ya no ibas a soltarme, jamás, e ibas a tomar también mi cuerpo y enseñarme que teníamos tanto para aprender juntos.
Si tuviera que despertar una noche, elegiría siempre la misma. La que nos mostró que la sorpresa es un invento del destino para asegurarnos que nada está previsto, que todo es variable, viable, visible, vivible.
Y te guardaría en el bolsillo de mi sobretodo, ése azul que tanto te gusta, para que me digas todo lo que quiero oír en el momento del día que yo lo desee, pero también para tenerte cerca en el momento del día que más lo necesito, y así oler tu perfume o rozar tu piel de azúcar o mirar tus manos cómplices tocar las mías. 
Igual que esa primera vez que hoy sigue siendo primera porque con vos todo es nuevo, todo brilla, todo es presente.
Es ahora, no antes, no después, es sabor, es sumar, es siempre sí.



lunes, 24 de septiembre de 2012

El que fue



Recuerdo que te vestiste de violeta, te pusiste un panamá que no combinaba para nada y me dijiste vamos.
Me agarraste de la mano para levantarme, y aprovechaste el empujón para abrazarme fuerte. Vos siempre abrazaste fuerte. Por lo menos a las personas que te importaban. Yo me daba cuenta porque cuando envolvías a otros con tus brazos de canguro pacifista cerrabas los ojos, querías atravesar con el cuerpo al otro para sentir la plena unión fraterna, su energía. Yo siempre pienso en esa primera vez que te vi; eras como un gurú cubierto de plumas y flores, salido de una comedia sesentosa. Pero siempre fuiste serio, intenso, comprometido hasta con los pasos que dabas.
Esa tarde estabas asqueado de todo, cansado de sentirte como en un muelle sin agua y sin horizonte. Tenías ganas de darle un sopetón bien violento al timón de tu vida y dejaste todo así, a medio hacer, o sin hacer, o casi terminado. Nada te convencía, nada te provocaba. Esta vez ni siquiera tenías ganas de avistar ovnis en la Costanera Norte, si bien te insistí porque siempre fue divertido y nos despejaba de lo que pasaba en este planeta.
- Cualquiera puede ser consejero, consultor, concejal, conserje, cónsul, contador, consolador, conquistador. Yo no soy nada. Es todo tan aburrido. Sólo sería conquistador, pero de qué? Ya pasó de moda, y a pesar de eso seguro sería odiado. No ves que ni siquiera las conjeturas tienen sentido? Me desarmo y soy agua. Me derrito pero soy piedra. Sangre de mi sangre que se esparce y desaparece. No podría soportarlo, vivir bajo el repudio de la gran humanidad, vestida de sedas y fibras sintéticas antirrobo. Señalado, apuntado por el gran dedo del tedio humano. Reprendido, castigado por hordas de impunes elegantes que me golpearían con sus cargadas billeteras de cuero. Acuchillado por cartones crediticios, sepultado bajo grandes masas de facturas impagas, olvidado y reducido a fantasmita plebeyo, a lumpen poético, a ex empleado desagradecido.
Me encantaban tus monólogos tragicómicos. Y vos frente al espejo, el halo de la verdad que te rodeaba, eras una voz cierta. Pero a veces te sentías nada. Y eras tanto.
Salimos y tomamos el 29 hasta el final del recorrido, y luego nos subimos a otro, y viajamos por horas. No dijiste ni una palabra. Al llegar la noche nos bajamos en Pacífico y fuimos a una pizzería.
- Una cebolla es. Un tenedor es. Una servilleta es. Punto. Cada cual a lo que le fue dado. Pero uno también es, y no hay punto. No alcanza. La frase siempre queda con puntos suspensivos. La necia necesidad de la respuesta.
Dijiste eso y los dos terminamos de comer en silencio. Yo no pude contestarte, a mí también me pasaba lo mismo a veces. Buscar el punto. Buscar la palabra que termine la oración, que defina un concepto. Para qué, nunca lo supimos.
- Pero como dijo mi sabia abuela, mañana será otro día – me dijiste sacándote el aceite de las manos con una servilleta de papel – y lo único que nos queda es el amor. Así. Porto frases hechas en la cabeza como quien lleva de todo en la cartera. Recaeré nuevamente en los placeres mundanos, golpearé la puerta de aquel adonis que quiera marcar mi piel para hacerme sentir otra vez sosegado, sociable, sostenido, soberbio, sordo, soberano, socio de esta burda existencia de guillotina.
Me estrechaste fuerte otra vez y me miraste. Al otro día nada cambió; vos volviste a tu odiado trabajo y a tu adorada lucha por la libertad, a querer ser por sobre todo. Pero cuando años más tarde hablamos de esa noche, me dijiste que se te habían vencido las ideas, que había algo de vos que ya no creía. El terrorista amoroso que llevabas dentro había languidecido. Yo lloré. Te discutí, te odié un momento y luego traté de comprenderte, aunque no pude hacerlo del todo. Eras mi altarcito pagano, mi brújula mareada, el poeta liberto.
Recuerdo que reíste de mi romanticismo cursi, y me abrazaste como siempre pero ahora como un hombre que era otro, y luego me invitaste a la Costanera a ver los aviones.



martes, 4 de septiembre de 2012

Esencia


Es un momento de suspensión,
como si el tiempo deja de ser tiempo y no hay nada,
sólo es ahora y transcurrir y claridad.
Y ya no hay nada para controlar porque amanecemos
y la vida nos hace sentir que estamos vivos,
que desesperada corre la sangre por nuestras venas
haciéndonos vibrar y reír y soñar despiertos cuando creíamos que
todo había quedado enterrado en lo más profundo de los abismos.
Y se nos revela esa sensación como una flor que abre,
la que se siente cuando notamos que nuestro corazón va a estallar,
cuando nuestra mente vive en la abstracción absoluta y es también
un remolino de pensamientos, es la caja de Pandora de los sentimientos
que nos toma por sorpresa y nos pega una feliz cachetada.
Es lo que habita en lo más profundo de nuestra alma,
hiberna tan solemne que creemos que ya no existe más,
y de repente como una flecha que nos atraviesa en lo más recóndito
aparece como un volcán de lava que no para de manar
por todos los lados de nuestro cuerpo
y nos inunda, nos embarga, nos posee, nos alimenta.
A la velocidad de la luz viajamos a través de nosotros mismos, 
preguntando, dudando, deseando alocadamente 
que ese calor toque nuestras manos, pidiendo a gritos ofrendarnos a 
un ritual sacrílego donde no hay testigos, sólo protagonistas.
Y mareados continuamos nuestros pasos, viviendo esa dulce incertidumbre
de bailar sobre la arena caliente que tanto añoramos y que creíamos perdida,
tratando de no perder la razón para perderla en el momento justo para siempre,
y aceptar que esa razón no es nada si no podemos decir lo que somos,
si no podemos sentirnos animales y gritar desaforados
y salir a jugar como niños otra vez bajo la lluvia para limpiarnos de todo mal
y ensañarnos de amor con nuestros cuerpos
y sufrirnos y padecernos y amarnos de tal forma que ya no haya vuelta atrás.
Hasta que todo pierda el sentido para poder darle un sentido diferente,
esa diferencia que nace de la pasión viva,
estado de embriaguez natural dueña de nuestras acciones
y que nos ilumina la vida
como un faro en el medio del inmenso y desnudo océano.



miércoles, 8 de agosto de 2012

Clics modernos


- Estoy con ataque de libertina hoy, así que no me importa nada de nada.
La charla era telefónica, por lo cual la veracidad del planteo no podía ser comprobada. Mi amiga Bere es una apasionada momentánea. Tiene arranques de telenovela venezolana, pero esos arranques duran menos que la tanda publicitaria.
- No me importa ni lo que diga la gente, ni lo que diga mi familia, ni lo que diga yo misma, así que hoy desenfreno, libertad total de acción. Voy a comer todo lo que se me antoje, voy a llamar a todo el que se me de la gana –me atienda o no- , si quiero me emborracho, pinto la pared con aerosol, y me rapo el pelo a cero.
- Quizá eso no sea tan aconsejable; de lo único que no te podés arrepentir es de raparte. Por lo menos tres meses hasta que dejes de parecer un clon de Sinnead O’Connor.
- Pero vos de qué lado estás? Igual no me importa lo que digas, te repito, voy a hacer lo que quiera. Hoy no voy a usar la cabeza. Hoy –y ojalá me dure- no me importa el papelón. Por eso voy a hacer todas esas llamadas que no hice porque me quedé con la duda. Ahora por lo menos van a tener un argumento por el cual no me llamaron más, capito?
- Está bien Don Corleone. Me alegra saber que si en algún momento te cruzás con alguno de los infelices que vas a llamar más tarde, vas a pasar por al lado con orgullo.
Aquí fue donde pensé en mi deber como amiga. Debo empujarla al ridículo? A las acciones que vienen engrampadas con la frase posterior “ojalá me trague una planta carnívora”? Tengo que prevenirla sobre su inconsciencia infernal? O simplemente la dejo y que haga lo que quiera, contá conmigo, etcétera? Después de todo, no me está pidiendo consejos. Libertad total de acción.
- Tengo un vestido dorado muy ochentas, de esos medio arrugados. Vos podrías usar el enterito de lunares flúo y salimos a tomar unos tragos, esa es una buena opción.
De qué me sirvió la reflexión anterior? No sólo la estoy empujando, sino que le estoy regalando un motor de Scania doble cabina conmigo adentro.
- Y luego hacemos todas las llamadas a cualquier hora, como anónimos. Y cantamos alguna de Valeria Lynch o los Enanitos Verdes, y les rompemos bien las bolas a todos. Y después podemos ir con los aerosoles y pintarles los autos tan aburridos que tienen, sobre todo a ese trío que no voy a mencionar.
Qué me pasa? De repente amo el vandalismo?
- No, lo de los autos no, es un poco fuerte – dije un tanto avergonzada de tanta sinceridad inútil.
- Me estás dando un poco de miedo – dijo Bere.
- Bueno, quedémonos hasta lo de las llamadas, por ahí en vez de Valeria Lynch puede ser otra cosa, no sé. Alguna de mariachis?
- Me parece que mejor me voy a quedar acá pensando; con lo que dijiste me doy cuenta que no me sirve de nada la venganza. Aparte el alcohol me hace muy mal, vos sabés. Me hago un baño de crema, miro una película, así me tranquilizo. Si cambio de opinión te llamo.
Tanto pensar en cómo debía aconsejarla y terminé descarrilada en la autopista de mi propio libertinaje. Pero la emoción de Bere fue más corta que la propaganda y no alcancé ni a ver los títulos. Sólo fui hasta el ropero, me puse el vestido dorado y confirmé que el ridículo es mejor cuando se hace de a dos.

viernes, 27 de julio de 2012

Un poco de amor


Hoy no quiero nada. Sólo hablar, pero jugar no. Podría haber jugado la otra tarde, cuando vimos esos conejos. O el domingo, que nos ganó la fiaca. Pero ahora no. Hay veces que me gustaría jugarte al luchador de catch. Agarrarte de las piernas y pegarte un revoleo bárbaro. Como cuando interpretás al Gran Maestro y de repente sos una enciclopedia parlante. O cuando te ponés colorado y querés no reírte pero no te sale, porque sos transparente como la miel. Pero hoy es distinto.
Ayer tomé el títere de la repisa. Le faltaba un ojo y lo quise más. No era perfecto, era más como nosotros. Lo hice hablar un poquito pero estaba cansado. Así que fui hasta el costurero, revisé entre la marejada de botones y encontré uno verde. Se lo cosí. Le estaba solucionando la visión, aunque un ojo era muy diferente al otro. Fue a propósito, no quería que todo le sea tan fácil. Lo apoyé sobre la mesa y nos quedamos mirándonos. Yo le pregunté cómo me veía ahora, con su nuevo ojito. Si todo era igual, o si percibía distinto. Estaba serio y no me contestó. Así que lo llevé de vuelta a la repisa y que haga lo que quiera. Puedo vivir sin su opinión. Entonces quise hacerme un té, pero la planta de menta no estaba preparada para desprenderse. Tomé tres o cuatro hojitas y chillaron muy, muy despacito. No pude cortarlas, me daba culpa. Así que apagué el fuego y me fui a dormir pensando en vos. Y en tus manos como de espuma de mar. Te vi en el sueño patinando arriba de un elefante, creo que estábamos en Turquía. Dabas vueltas en la arena y te llenaban de premios por eso. Yo tenía una túnica estampada de sandías y te aplaudía como un robot de película ochentosa. Y cuando abrí los ojos te vi sentado en el borde de la cama, pensando.
Me hice la dormida para vigilarte un poquito. Recordé esa tarde. Qué hermosa nuestra vida juntos, me dijiste, y me besaste. Y todo el cuerpo se me volvió de vainilla y caramelo. Ahora quiero tanto. Te pienso y me sonríe la piel. Ahora sí juguemos. Si querés yo soy tu títere y me cambiás los ojos. Pero sólo los ojos, lo demás está bien. O jugamos a la planta y yo me quejo bajito porque no me arrancás nada y te vas. Pero luego tenés que volver, si no no vale. Y así sí nos revolcamos en el pasto y festejamos la lucha libre.




lunes, 2 de julio de 2012

Salón de belleza


- Si hay algo que quisiera tener, algo con lo que me gustaría haber nacido, son los pelos bien enrulados, tener un peinado estilo afro, vaporoso, casi casi un nido de carancho.
Hubo un momento donde todo se detuvo, como esos segundos previos a la gran catástrofe de las películas de acción donde las cosas ocurren en cámara lenta y sin sonido. Todo fue quietud, los secadores se callaron, las manos se quedaron quietas, las tijeras pararon su poda. Yo miré a través del espejo hacia todos lados y puedo afirmar que todas, absolutamente todas, me estaban mirando con cara de esa misma catástrofe.
En esa secuencia confirmé mi poca eficacia para entablar conversaciones de peluquería y lo distante que estaba de los gustos capilares femeninos.
Lo que siguió después fue un parloterío digno de la más variada jaula de zoológico y una lluvia de opiniones y consejos. Que estás totalmente loca, qué los rulos no van, con la humedad en la que vivimos sería imposible ponerte una hebilla, que no tenés sentido de la moda, entre otras cuestiones que aunque no me importasen no dejaban de ser crueles.
En esta época donde se libra una guerra total y abierta al rulo, donde la potencia lacia quiere ganar cabezas aplastando la naturaleza del pelo como ha nacido, qué puedo pedir?
Se me acerca una joven con un turbante en la cabeza y me indica mostrándome una foto de una Cleopatra moderna:
-        Ves? El pelo siempre tendría que estar así, es un horror que se te ondule! Si no parecés un perro caniche!
-        Bueno, pero a juzgar por esta foto la otra opción es ser un perro afgano!
Me miró unos segundos con odio mal disimulado, aunque creo que no entendió lo que le dije, se dio la vuelta con la frente en alto y se fue taconeando hasta su sillón.
-        Estás muy equivocada –saltó una desde el fondo- sabés lo tremendo que es no poder dominar el pelo? Que quieras peinarte linda y no puedas porque el cepillo no te hace efecto? Mirarte al espejo y ver que tu pelo es cualquier cosa y que hace lo que quiere? O que te digan cachavacha en la escuela o el trabajo? No entendés nada!
Estaba al borde de la histeria, roja por la tintura y por la bronca.
-        Lo que no entiendo es por qué no aceptan el pelo como les salió! En vez de estar haciéndose cosas todo el tiempo y vivir obsesionadas con algo que NO tienen ni van a tener NUNCA!
Ouch. Ahora sí estaba completamente fuera de lugar. Hasta mi peluquera con su mirada me retó por sediciosa pro-bucle, por incitar al rompimiento de las normas lacias. Menos mal que ya había terminado su trabajo, las consecuencias podrían haber sido no menos que desastrosas.
Y ahora eran esos segundos posteriores a la catástrofe, donde uno actúa como flotando, sin escuchar y casi sin ver lo que ocurre alrededor, la pantomima de gestos y brazos por los aires, el peligro de ser atacada por algún frasco volador, el pagar rápido y huir para evitar más problemas.
Al irme, pensé en la frase común “no te hagas los rulos”, usado tanto para decirle a alguien que no se ilusione. Y comprendí que muy en el fondo, bien bien atrás en la bolsa de ruleros, el ideal del pelo lacio es el reflejo de una esperanza, un deseo escondido que tenemos las mujeres y por el cual haríamos cualquier cosa –literalmente cualquier cosa- por mantener vivo.



miércoles, 20 de junio de 2012

Un muchacho y un sítar


Toqué el timbre dos veces y esperé. Fui a verlo esa tarde porque algo me olía extraño. Esos avisos fantasmas que aparecen desde el inconsciente para dar cuenta de alguna cuestión que no encaja, algo que no hace ruido cuando debería sonar, un revolotear constante de una sensación interna inexplicable. Cuando lo vi, supe que era él. Estaba pálido y su casa también.
- Se fue. Se fue como se va el verano, así sin aviso, y te agarra el frío de improviso y vos no sabés donde dejaste los puloveres, porque los había guardado ella, claro – y sonrió para sí con lástima.
Siempre fue medio poeta, escucharlo era disfrutar cada palabra que salía de su boca como caramelos, aún las cosas tristes.
- Quiero emborracharme hasta no saber más de donde vengo.
Un poco ya había empezado, a decir por los restos de botellas desparramadas por ahí que nos miraban vacías.
- Sí, quiero perder el conocimiento de todo, hasta de mi nombre, pero más de su olor, su risa de reina tercermundista, su forma de bailar tan fuera de ritmo, todo, toda ella, quiero perderla de mi memoria para siempre.
Miró por la ventana y soltó una lágrima que yo percibí porque justo le había dado el reflejo de la luz en la cara, pero hice de cuenta que no me di cuenta.
Verlo así me dejaba muda. Yo creía como una visión general del género masculino que los hombres no sufrían tanto por amor. Siempre enjugué ríos de ojos mujeres y abracé cuerpos de sirenas abandonados por piratas inescrupulosos, tiranos del corazón inconmovibles al amor, ludópatas de sentimientos ajenos que jamás apostaron por el otro. Pero este caso había roto con todos mis preconceptos. Había un dolor, había dos manos que hoy no tenían ese cabello para acariciar, ni ese cuerpo para cubrir con su cuerpo.
- Lo último que hice fue cantarle una canción. La escribí sólo para ella. Me dijo que fue lo más cursi que escuchó en su vida y se fue dando un portazo. Tan fuerte que se cayeron los cuadritos imitación Quinquela.
Tomó el sítar, se sentó en el suelo y comenzó a tocarlo. Luego cantó:

Dulce intriga
Hoy repaso la vida
Azules y violetas
Bajo la luna amiga
Te desvistes de sedas
Acomodas tus ideas
Y luego callas.

Y él también calló. Todo él era niño, hamacándose sólo en una plaza vacía y con los pantalones agujereados. Los ojos me nadaban.
- Nunca pensé que podías llegar a verme en este estado.
Eso era cierto; él siempre fue el rey de las situaciones y regalaba sonrisas a cualquiera que se le cruzara, incluso a los policías, cosa que yo admiraba profundamente.
- Te vi en estados más ridículos, pero estoy segura que ni te acordás. Igual creo que estamos a mano, yo también protagonicé escenas patéticas y vos fuiste mi gran espectador.
Eso le sacó una sonrisa. Me senté al lado de él y lo abracé. Sellamos un pacto de riguroso secreto y juntos cantamos “Viernes 3 A.M.” tomando vino del pico de la botella. Nos sacamos una instantánea mental para reírnos en unos años de semejante cuadro de sufrimiento.
Al despedirnos en la puerta, medio borrachos los dos, me dijo que se iría a la India. Allí podría olvidar y renacer. Y sería un mercader de especias, sólo para cambiar de hábito y ocupar su tiempo en un oficio desconocido. Lo besé fuerte y mientras me iba le recordé:
- A la vuelta traeme sahumerios.



lunes, 4 de junio de 2012

La Sra. Topa


La Sra. Topa me había invitado a almorzar porque necesitaba dirimir ciertas cuestiones domésticas que la estaban atormentando. Siempre había sido una excelente organizadora de reuniones sociales pero en los últimos tiempos había perdido un poco de concurrencia, a pesar de su carácter tan amable. Era de esas personas que embelesan con su simpatía; se vestía muy elegante aunque sea para salir de compras y usaba unos anteojos que le dejaban los ojos como dos castañas.
Me recibió muy alegremente y me ubicó en la mesa enseguida. Yo ya conocía su casa por haber asistido alguna vez a sus picnics de primavera pero sentarme a su mesa me inquietó sobremanera; los manteles lucían espeluznantes y tenía miedo de atragantarme con alguna arveja si me detenía a mirarlos demasiado. Ella era una total anfitriona y cocinaba muy sabroso, pero era absolutamente ignorante de esta cuestión fundamental.
Recuerdo que lo que más me había impresionado era el tiempo que se había tomado para preparar el postre; era en una gran copa que había heredado de una tía abuela, de hecho el postre se llamaba “Narcisa” en honor a ella que había iniciado la tradición familiar. Eran tres perfectas esferas de crema helada, nadando en un colchón de cerezas y salsa de chocolate, obleas por los costados y tres cerezas más arriba coronando la obra de arte repostera.
Yo había comido poco en parte porque el mantel me intimidaba y en parte porque sabía que me iba a estar esperando en la heladera esa escultural pieza dulce que parecía una barca navegando los mares hacia paladares desconocidos.
Entonces fue a buscarlo y lo dejó frente a mí. Me había dado la cuchara perfecta con el tamaño adecuado para cazar la porción ideal de cada ingrediente y sublimar la sobremesa para siempre.
Qué hermoso ritual pagano, tomar la cuchara despacio, hincarla en la bocha de helado mientras todo el resto se desploma y con los ojos cerrados llevar el bocado hacia la boca ansiosa para menear la cabeza de un lado a otro y no poder decir otra cosa más que la letra eme mil veces.
Ella me escrutaba; era segura pero quería obtener una opinión inequívoca y brutal. Yo dudé; en esos instantes me debatí sobre el deber de la honestidad y el poder del azúcar. Le diría que me llevaría un tiempo deducir el porqué de sus fracasos, con tres o cuatro almuerzos más y con sus correspondientes postres de por medio.
- En mi paladar la gloria y en mis ojos el mismísimo infierno.
Vencí la gula y traté de ser sutil diciendo poéticamente lo que ya había pensado cuando todavía estaba tomando la sopa. Ella me miró entrecerrando los ojos.
- Que los manteles son terroríficos. Literalmente dan miedo. Así no hay comensal que resista.
Cruda verdad.  De otra forma nunca iba a tener almuerzos o reuniones sociales exitosas como ella pretendía. No tenía sentido de la estética para algunas cosas muy obvias.
Extrañada, agarró la tela hasta llevarla casi hacia sus narices, la miró bien, y se tapó la boca asustada. Era la primera vez que los veía realmente, se levantó y empezó a caminar de un lado al otro exclamando indignada contra sí misma. Fue un berrinche digno de filmarse, pero yo no podía dividir mi atención entre ella y el postre, no quería bajo ningún concepto que se derritiese, así que seguí comiendo, feliz por dentro.
Sacó de un aparador dos copitas y sirvió licor. Se lo tomó como si fuera una medicina espantosa y con dificultad para su orgullo, me habló.
- Jamás desearía que la gente vea esto cuando está comiendo, es una total catástrofe.
Me pidió discreción al respecto si bien sobraba agregar que todo el vecindario había visto lo que ya ni queremos nombrar. Le sugerí que invente una festividad con un gran almuerzo al aire libre para los vecinos, con una temática ecológica y absolutamente informal, donde todo se comería con las manos y las mesas fueran de madera descubierta. Entonces podría redimirse como la genial ama de casa que siempre quiso ser.
Cuando me fui de su casa esa tarde, deseé oscuramente que en sus baños cuelguen toallas inexplicables o alguna otra imperfección indeseable, para que vuelva a agasajarme únicamente a mí con el mejor postre que comí en mi vida.